Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2011, Derechos Reservados.

La vida lo va llevando a uno por los caminos verdes alguna vez transitados por otros, pero no por uno mismo, y cuando uno sabe que no le queda alternativa más que la de enfrentar lo que se avecina, tiende a hacer acopio de fuerzas, a enfocarse, a disponerse a pasar el vendaval que desde el horizonte negro se acerca ominoso, listo a derramar sus vientos y sus aguas a nuestros pies. En ese esfuerzo de concentración a veces olvidamos momentos felices, instantes especiales, no porque uno lo quiera así, sino que parece no haber tiempo, ni espacio, ni pensamiento, más que para timonear astutamente en las aguas turbias del presente incierto que no podemos eludir.

Como no pretendo que se lean todo este blog para conocer mis antecedentes quiero ofrecerles un tanto en este sentido. Muchos que ya me han leído sí saben, que soy cubana, exilada de Fidel en Miami, ciudadana estadounidense, esposa de un maracucho bien chévere y por lo tanto, desde hace tres años exactamente, residente oficial de Venezuela. Por muchos años mi esposo y yo entretuvimos la idea de venir a vivir a Isla Margarita, abrir una muy pequeña posada para alquilar habitaciones sólo en épocas de temporada alta y así hacer nuestro retiro tranquilos y lejos del bullicio y mareo de las ciudades grandes de Estados Unidos.

El sueño se tornó en pesadilla cuando por la crisis financiera de EE.UU. decidimos apurar el paso y hacer el cambio antes de lo que habíamos previsto. Así nos vimos en el Aeropuerto Internacional Santiago Mariño, “navegados”, como se les dice a los que vienen a asentarse a la isla, con nuestras maletas y nuestros animales: Simba, un ansioso golden retriever pelirrojo y la magníficamente bella, pobre gata Maggie que estuvo tres días sin comer ni moverse de su jaula después de su traumatizante experiencia del viaje en avión. Ahora pienso que como gata al fin, hermética y pausada, fue ella la única que intuyó y supo lo que nos venía encima, y desde el principio no lo quiso ni creer, ni aceptar. Lo que sucedió entre que aterrizamos en la isla y logramos tener nuestra nueva pero vieja casa en estado de ocupación humana pasaron alrededor de dos años y eso…, eso no se los voy a contar en este artículo porque, o todavía no he logrado procesarlo, o en realidad estoy con la digestión emocional paralizada precisamente para no desmoronarme.

Ya se agolpan sus preguntas en mis oídos: ¿Pero venir para Venezuela? ¡Si lo que nosotros queremos es irnos para EE.UU.! ¿Pero ya tú no viviste esto en Cuba? ¿Qué vinieron a buscar aquí? En verdad no tengo respuesta justificable, excepto una cosa que leí de Hayek, un economista de la escuela austríaca, que dice que en momentos de una crisis general, especialmente las económicas, de los seres humanos se apodera una especie de hipnosis que los lleva a “meter la pata”, y que por eso en momentos de incertidumbre, no se toman decisiones que impliquen grandes cambios existenciales. Por ende soy culpable, muy culpable, aunque vine en diciembre del 2007 a presenciar las elecciones y no fue sino hasta saber sus resultados que tomamos la decisión de venir a vivir a Venezuela.

Anuncios

Páginas: 1 2 3 4

Extremo este de Playa El Agua

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2010, Derechos Reservados.

Playa El Agua aún duerme. La fina y tibia arena provoca tocarla. Uno que otro somnoliento cuidador de restaurante playero, anticipando clientela, barre de la orilla los montones de algas que dejó olvidada la marea en su viaje de retroceso recogiendo el mar. Poco a poco las tumbonas blancas colocadas sobre la arena por los cuidadores, van acaparando su espacio junto al fuerte e incansable oleaje milenario de esta amplia y magnífica playa. Sobre las tumbonas, los toldos multicolores, como bonetes domingueros de niñitas, pintan el paisaje, aquí rojos, allá azules, más allá verdes y morados, así hasta el horizonte del extremo opuesto de la playa. El tenue vientecillo que sopla desde el mar envuelve la costa con una neblina vaporosa de minúsculo y casi imperceptible rocío de sal. Pasa de vez en cuando alguien que deja sus huellas sobre la arena mojada, huellas que se unen a las tantas que han ido y venido. Se van desvaneciendo como se desvanecieron las anteriores y como desparecieron todos aquéllos que vinieron y se fueron desde los principios del tiempo. La marea está muy baja y se dibuja sobre la arena húmeda una ancha avenida que delinea el verdadero alcance del siempre turbulento mar cuando regresa a cubrirla. El agua transparente se confabula con el sol y juntos hacen veloces caleidoscopios de luces que se reflejan en el fondo del mar. Las olas van y vienen. Se derraman extenuadas en la orilla, trayendo algunas tiras de algas, unos delgados pececitos, nerviosos y fugaces, un pequeño cangrejo que surge de entre la espuma y se pierde corriendo sobre la arena, buscando el diminuto agujero que le sirve de casa.

Los viejos cocoteros verdes de largas y mañosas cabelleras, se alzan elegantes, como centinelas cuadrados en atención, formando una alta muralla que separa la playa de la carretera. En lo más alto, unen sus frondosas cabezas verdes y al moverlas la brisa, se convierten en amigas con mucho que contarse porque hace tiempo que no se ven. Ahora se acercan y secretean dos; ahora se separan y parece que se dieran la espalda; ahora una se mece sola, como si escuchara una melodía personal, distinta; ahora los cocoteros parecen todos un coro de voces verdes vibrando en el aire, frotando sus pencas como los grillos sus patas, allá en lo más alto, donde casi nadie mira.

Frente a la playa en el medio del mar yace el Archipiélago de Los Frailes que en la mañana se viste con los colores que el sol naciente quiera enviarle. Hoy puede ser morado, pero mañana podría ser violeta, o lila o quizás naranja. La bruma lo envuelve misteriosamente. Muchas veces lleva por sombrero una gran nube que parece taparle la frente y los ojos.

Unas ligeras y pequeñas lanchas, los gráciles peñeros, que salpican con su colorido toda la Isla de Margarita, se divisan yendo y viniendo por delante del horizonte, entre Playa El Agua y Los Frailes, haciendo su travesía pesquera madrugadora. Se oye muy a lo lejos el runrún de los motores y se ven parados en cubierta a los pescadores, verdaderos expertos en desafiar el movimiento del mar con su fino equilibrio. Van cortando el mar a gran velocidad abriendo un surco que al mismo tiempo se cierra detrás de la lancha. Queda la tenue estela que marca el camino del peñero sobre la mar. Se forman, a cada lado de la proa, un par de abanicos líquidos. Salta la lancha por sobre las olas y, al volver a caer, zapatea como la bailarina española. El pescador sigue allí parado, sólidamente, una figura de plomo, imantada a cubierta, contra el telón azul claro del cielo, que hoy contrasta con el agua verde-azul. Las gaviotas, las tijeritas y los pelícanos también conocidos como “buchones”, comparten el espacio de aire sobre Playa El Agua con los zamuros grises que aterrizan en la arena en un lugar apartado, como si supieran que su presencia no es precisamente bienvenida.

Páginas: 1 2

Las hallacas venezolanas

diciembre 3, 2009

¡Feliz Navidad!

Por Hilda Luisa Díaz-Perera.
2009 Derechos Reservados

(Ver recetas al final)
Quiero agradecer a toda la familia venezolana de mi esposo que es también la mía, a mis amigos venezolanos en EE.UU. y a los que ya tengo después de nuestra mudada a Venezuela, por darme la oportunidad de conocer sus costumbres, sus comidas, su música, su forma de vida y tradiciones. También quiero dar las gracias a esas personas que no conozco, pero cuya gentileza de publicar sus videos en youtube.com, me permite ofrecerle a mis lectores ejemplos visuales de los platos venezolanos que aquí incluyo.

Desde que era muy pequeña, mis padres, gracias a Dios, me inculcaron el respeto y la curiosidad por las manifestaciones culturales de todos los pueblos. Esta disciplina, que cuando llegamos a EEUU incluía levantarnos a mi hermano y a mí a las 6:30 de la mañana para leer una dosis de poesía o prosa martiana antes de salir para el colegio, fue fuertemente combatida por nosotros dos que protestábamos todos los benditos amaneceres, porque como es natural, leer a García Lorca, a José Martí y a Nicolás Guillén no era precisamente lo que queríamos hacer a esa hora de la mañana. Digo gracias a Dios, porque de ahí pasé a graduarme de la universidad con una especialidad en estudios hispanoamericanos y luego seguí a sacar la maestría en la misma disciplina. Lo que nunca me imaginé fue que a medida que pasaran los años ese deseo de conocer las costumbres de otros seres humanos, especialmente las costumbres de los latinoamericanos, se pudiera ampliar en un país como EEUU, que en mi época de universidad todavía era un país muy homogéneo y étnicamente aburrido.

Mi primera visita a Venezuela fue una explosión de maravillosas experiencias, porque coincidió con las Navidades que los venezolanos celebran sin complejos ni limitaciones, disfrutando cada segundo de la estación, y que normalmente comienza alrededor del 18 de noviembre, fiesta patronal de la Virgen de La Chinita. En esa visita, mi esposo Nelson me traía loca llevándome de aquí para allá, presentándome a amigos y familiares, y con ese cuento me recorrí casi toda Venezuela: Caracas, los Andes, las playas, Maracaibo, Valencia, Coro, Maracay, y bueno, el disloque, ya que después que terminábamos el día él me sentaba con sus padres o sus tíos dependiendo de dónde estuviéramos, y a modo de examen, para que vieran todo lo que yo había visitado ese día, decía muy ufano: “¡Cuéntales, cuéntales lo que viste hoy!

Entre las cosas que más me impresionaron fue la preparación de las hallacas. Yo había probado el delicioso nacatamal nicaragüense que, al menos los nicas que viven en Miami, usualmente lo saborean los sábados para el desayuno, pero no conocía la hallaca venezolana. Tampoco tenía noción de lo que implica hacerla. Cuando nos invitaron a ayudar a prepararlas en casa de unos amigos de Maracaibo, me llamó la atención que la visita comenzara a las 10 de la mañana. ¡No me imaginé nunca que el bonche duraría todo un día!

En Venezuela, la hallaca se le atribuye a los esclavos que, para sus propias comidas, según la tradición, guardaban las sobras de sus amos, las envolvían primero en masa de maíz y luego en hojas de plátano. Sin embargo, la realidad histórica de la experiencia culinaria americana continental es que los “paquetes” de masa de maíz existían en este hemisferio mucho antes de la llegada de los africanos ya que existen huellas de su presencia en la dieta de pueblos nativos como los aztecas, los mayas, y los incas, al igual que otros menos conocidos, que datan de entre 7000 a 5000 años A.C. O sea, que posiblemente, fueron ellos los que cocinaron por primera vez esta comida que llamaban tamalii y que se preparaban como ofrendas para sus dioses.

Según los historiadores, la palabra “hallaca” o “hayaca” quiere decir “paquete”. La hallaca es el pasado, presente y futuro de la comida navideña venezolana. La hallaca va más allá del paquete de masa de maíz. En diciembre, la salud de la economía de Venezuela se mide con el costo de los ingredientes de la hallaca normal. Cada año, hay segmentos en la TV que computan el costo promedio por hallaca y cuestionan si este plato de origen supuestamente humilde podrá ser consumido por los humildes. La hallaca es indispensable en la cena de Nochebuena venezolana y a través de todo el país no se concibe el mes de diciembre sin este plato tan popular, de importante tradición nacional. La familia entera se reúne para preparar las hallacas ya que cada quien tiene una responsabilidad en su confección. Si la familia invita a un amigo a compartir el día, el amigo debe sentirse especialmente honrado ya que es prueba del afecto que dicha familia siente por él. Las reuniones están llenas de recuerdos, comida y canciones. Los clanes familiares se enorgullecen de tener cada uno su “receta milenaria” y “especial” que no comparten con nadie, receta que produce hallacas particularmente sabrosas y desde luego “únicas”, gracias al misterioso secreto culinario legado por una anciana abuela o tía y de generación.


Video: Amarrando las hallacas

La variante en la hallaca es su contenido, que va cambiando de región en región, pero que en general incluye cerdo, pavo, pollo, jamón, pasas, aceitunas, huevo, aceite, cebolla, ajo porros, cebollín, alcaparras, pimentón rojo, ají criollo dulce, encurtidos en mostaza, vinagre, y sal, el consomé de las gallinas para el guiso, tocino, y hasta garbanzos en la region de los Andes. La masa se tiñe con el color anaranjado que destilan las semillas de onoto. Después de amarrarse con fino hilo de soga o mecate, los “paquetes” se sumergen en agua hirviendo para terminar de cocinarlos. Y no se hace ni una, ni dos, ni tres hallacas, no. Al final del día pueden quedar hechas más de un ciento, que se van consumiendo durante la temporada navideña, y se ofrecen al visitante o al amigo que pasa a saludar. En Nochebuena, las hallacas se acompañan con el inigualable pan de jamón, la ensalada de gallina y el pernil. Si tienen algún amigo venezolano, no pasen por alto la oportunidad de probar este exquisito ejemplo de la cocina folclórica de Venezuela.

¡Felicidades!

Recetas:

Hallacas/Hayacas

Hallacas

Pan de jamón

Pan de jamón

Ensalada de gallina

Ensalada de gallina

Ponche de crema

Ponche de crema (Venezuela)

Hallacas
Pan de jamón
Ensalada de gallina
Ponche de crema 1
Ponche de crema 2


Nostálgico video de Maracaibo.

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos Reservados.

Una de los pueblos más alegres y desenfadados que conozco es la gente de la ciudad de Maracaibo en Venezuela. Los llamados maravinos/marabinos* o más populacheramente hablando, “los maracuchos”, son gente abierta, amistosa, jaranera y como dicen en Venezuela “echadores de cuentos”. ¡Cómo serán, que entre ellos mismos dicen que “maracucho bueno se muere chiquito”! Para los que no somos de allá, aprender a tratar con maracuchos significa que hay que “estar mosca”, o ser rápidos como relámpagos porque el humor que despiden es veloz, dinámico y envolvente.

Aunque el maracucho siempre está de fiesta, y como costeños y gente de puerto llevan una sonrisa en los labios, y son abiertos y hospitalarios en todo momento, no hay época del año más bullanguera que la época que comenzaba el 18 de noviembre, día en que los maracuchos le celebran el cumpleaños a su Santa Patrona, la Virgen del Rosario de Chiquinquirá, también conocida por el pueblo como “La Chinita”. Y digo “comenzaba” porque en estos tiempos se anticipa desde septiembre, prolongándose casi hasta carnavales en febrero, porque el venezolano, muy presto a divertirse, no tiene remilgos para empatar las celebraciones de La Chinita con Navidad, Fin de Año y Carnavales en un gran fiestón),

La Chinita-Virgen del Rosario

La Chinita

A la Virgen del Rosario de Chiquinquirá se le llama cariñosamente “La Chinita” porque es una virgen indígena, y tiene los ojos achinados, como los tienen los indígenas de La Guajira, asentados a través de los siglos en esta región. El 18 de noviembre, es costumbre empezar oficialmente los festejos en Maracaibo con la muy esperada “Feria de la Chinita”. También se celebra el “Amanecer Gaitero”, una especie de maratón o competencia donde se miden las agrupaciones musicales que se dedican a interpretar “gaitas”. Al final de la larga jornada, se escoge y premia a aquélla que el público considera ha presentado la mejor.

La gaita es un ritmo regional oriundo, de la zona oriental del Lago de Maracaibo, Estado Zulia. Porque existen muchas teorías, se hace difícil poder precisar el origen exacto. Su base es indiscutiblemente africana, y aunque un tanto diluida, debe también tener un recuerdo no lejano de las fiestas gaiteras provenientes de las provincias españolas de Asturias, Galicia y Vizcaya.

Al principio, la gaita se interpretaba a partir de la Fiesta de La Chinita hasta pasado Día de Reyes en enero y solamente en las regiones arriba mencionadas. Pero su ritmo alegre y vivaz fue superando no sólo las limitaciones de la estación tradicionalmente prescrita y las barreras sociales, sino también las fronteras del Lago de Maracaibo hasta apoderarse de todo el país. Hoy en día, una visita a Caracas en Navidad es testimonio de la popularidad de la gaita ya que no hay lugar nocturno en esa ciudad capitalina que no tenga a su entrada algún anuncio que lea: “Gaitas esta noche” con Gran Coquivacoa, Los Cardenales del Éxito, o Barrio Obrero para nombrar sólo tres de las agrupaciones tradicionales. Tanto es así, que me he encontrado en Caracas, y he visto anunciadas las tres agrupaciones en el mismo lugar a distintas horas y luego el mismo anuncio en otros centros nocturnos. En ningún artículo sobre la gaita se puede dejar de comentar el aporte agresivo e innovador de una agrupación que si cautiva al pueblo, nos deja boquiabiertos a los que somos músicos, y me refiero a la inconfundible Guaco.

Por mucho tiempo las gaitas se vieron limitadas, como también lo fueron otros ritmos con el mismo origen afroide, entre los cuales se encuentra el tango**, el merengue, y las congas cubanas, por considerarse de clases sociales “inferiores”, más precisamente por ser vistos como una manera de diversión de la raza negra. Sin embargo, al igual que éstos, la gaita, con su contagioso ritmo, fue poco a poco ganando espacio emocional en todos por igual y hoy en día puede decirse que no existen niveles sociales a la hora de bailarlas, cantarlas y disfrutar de ellas. ¡Qué bueno!

La gaita además de ritmo, es una actitud, es una canción navideña, o de protesta, o para la virgen; es un baile, es una fiesta, es una orquesta, y es el espíritu de alegría que invade todos los rincones del país en diciembre. No hay navidad en Venezuela sin gaita, sin gaiteros, sin el run-run ronco y quejumbroso de los furrucos, sin el redoblar agresivo de las tamboras que logran aparejar los corazones a su ritmo hipnotizante, sin el aleteo del cuatro que va bailando el ritmo en sus cuerdas,  sin la charrasca chismosa que va dándole su apoyo percusivo a las maracas con su voz chillona y enervante.

Las gaitas cubren en su contenido temas con mensajes políticos (La grey zuliana, Aló, Presidente), mensajes satíricos (La computadora) y desde luego temas de orgullo regional (Sentir zuliano, Orinoco), retratismo de folklore (La moza, Negrito Fullero), así como también temas religiosos, sentimentales y otros por pura jocosidad como lo es el contenido de la Gaita Onomatopéyica. Como ya hemos mencionado, los grupos gaiteros incluyen instrumentación que es también autóctona de la región y que son específicos de las gaitas.

En mi caso particular empecé a conocer la gaita como género musical a través de mi esposo maracucho y la primera que escuché fue La moza. Poco tiempo después Tío Antonio, el hermano de mi suegro, en una navidad que pasamos en Caracas, me regaló dos casetes de aquéllos que había antes que parecían de nunca acabar y que él mismo se tomó el trabajo de grabarme con todas las gaitas que son de rigor conocer.  Tío Antonio murió hace unos años, y en su forma sencilla de patriota maracucho, de alguna forma dejó su legado musical en mí, que no soy venezolana, ni zuliana, ni  “maracucha”. Sin embargo, la gaita encontró terreno fértil en mi alma y en mi corazón de buena maravina/marabina “re-encauchada” y no tengo palabras suficientes para explicar lo que siento cuando voy a Maracaibo y empiezo a pasar el puente… ¡Bendiciones y Felices Fiestas!

*He buscado la ortografía de este gentilicio y al menos en el internet aparece de las dos maneras. Si usted que lee este artículo me puede sacar de la duda, de antemano le doy las gracias. Abajo me puede escribir un comentario.

**Antes de escribirme para decirme que el tango no tiene orígenes africanos, por favor investigue a profundidad.

By Hilda Luisa Díaz-Perera, 2009 All Rights Reserved. Written in Margarita Island, July 5th 2008.

I knew it was the 4th. Yesterday had been the 3rd, so I was positive today was the 4th. It was Friday, and it was the fourth, because the stock market was dutifully closed. It didn’t matter that the dollar was plunging, that oil and commodities were swinging wildly out of control, that there were thousands of people losing millions of dollars. It didn’t matter that more than 6 million families had lost their homes. The United States had come to a standstill for its annual 4th.  I thought about the American Embassy in Caracas and regretted I had not yet registered there. They were probably hosting a celebration for American citizens living in the capital. The thought came to me that I should establish some sort of an association in Margarita Island to bring together those of us who are living here. It would be nice, I thought, if we could gather for national celebrations, like today, or maybe Thanksgiving; we could help each other find American-like products in the island or maybe those who travel to the States could bring back some of those things we take for granted there that are not available, not produced, or even known here, like my French Gourmet Folgers coffee and my specially roasted Pilón Cuban coffee; we could meet every other week and maybe have a sing-along. I couldn’t explain why today my vocal chords had locked themselves on the words of Home on the Range quietly singing them away in my throat. We might also go to the beach for a bonfire with hot dogs (here, mostly German or Polish wieners) and no marshmallows. I thought about it for a minute, mentioned it to my husband and decided to file the idea away. Maybe some time down the road, when I was finally settled in Margarita. There were too many things I still needed to do, before allowing my altruism to get the better of me.

The day had started out very early as it usually did for me: I had brought the dog down and taken him to the yard where he began to bark back at another invisible barking dog hiding somewhere in the dawn’s early light. I had had my breakfast, not with my American Folgers, since I had had no time before I left the States to go to Publix and buy some to bring with me. It had been the first item on my To-Do list that last day, January the 17th of 2008, and yet it never got done, there were so many last minute more important details to attend to. The 4th unfolded slowly and uneventfully. My husband had sold our lawn mower tractor because now we did not own 3.8 acres in Naples anymore. We had a small 25 x 25 patch of green and a regular mower would do. He had set off to Puerto Ordaz to deliver the tractor to the new owner. He would be gone for two days. I sat down at my sewing machine and got busy with the kitchen curtains I had to finish. The 4th faded slowly away into the stitches, the minutes, the hours, the solitude and the barking dog and my cat Maggie rubbing her body against my feet and purring heavily, demanding attention. Home on the Range had survived my busy-ness and indeed, the skies had not been cloudy all day.  It was 5 pm already. The phone rang. My husband was calling with the news that he would not be traveling to Puerto Ordaz after all. The customs officers had told him that the paperwork was perfect and that the flatbed could go onto its destination without him. I was so thankful! Our home had been broken into twice in less than a month so the prospect of being alone did not make me happy. “Hurry home,” I said and hung up. The phone rang again. It was my oldest sister in-law’s husband. So that I would not be alone that evening, he and his wife were inviting me to dinner at a wonderful restaurant in Playa El Agua, that stands right on the sand by the shoreline. Playa El Agua is a tract of sandy, open beach about 4 kms long. From the restaurant, you can see the wide expanse of ocean coming at you, and your ears become full of the sound of the waves. I told them about my husband’s change of plans, and that he would be joining us there.

When we arrived it was early for Venezuelan dinnertime, so the restaurant was empty except for the long table at the back where there were more than 20 people, all family, awaiting us. Everyone got up in unison and went into the Hispanic greeting frenzy of kissing and re-kissing and hugging each other. All of a sudden the greeting stopped, as in the musical chairs game when the music is turned off. Everyone scrammed to their chairs. Two were free, and before I knew it, my husband and I were sitting facing the massive, huge grey ocean. Today, you could see row after row of long advancing waves landing at the shoreline, smoothly and softly, with no effort, like a child sent by its mother to have some cookies from the jar. The ocean looked like molten lead coming from the horizon, turning into water hills, moving heavily, surely, driving itself into the sand in splashes of white foam. It reminded me of something that I couldn’t exactly place. I kept watching the rows of water, the grey. I ordered from the menu. And still the waves reminded me of something I had seen. Home on the Range still hugged my chords and sang itself into my ears, a lonely song. I thought of my children who I knew were celebrating together in Tampa, at the beach. Then I thought of the War Memorials in Washington D.C. I could see the oversized statues of the American soldiers at the Korean War Veterans Memorial, shining eerily silver grey under a full moon. From there my mind jumped to the dark grey of the Vietnam Veterans Memorial contrasting with the myriad of bright flowers left daily by the dead soldiers’ family members. The waves were still thrusting at me, but now the ocean was not empty. It was swarming with US Navy boats full of men heading toward the shore, there were soldiers with rifles held above the water and I could hear the cries, the bullets sizzling by and the explosions that gradually took over the space of Home on the Range until I could not hear it any longer. Had I seen this in Washington D.C.? No, this was D-Day playing itself out for me in this distant grey ocean on an overcast early evening! I felt my eyes welled with tears. I fought the heaving knot in the middle of my breast and turned around to my youngest sister-in-law’s Cuban husband at the opposite end of the table. He designs cars for Ford and he and his family are settling in Brazil for his three-year stay at the Brazilian Ford Headquarters. Of those present, the two of us had held American citizenship the longest. “Ralph!” I said raising my margarita glass, “Happy 4th!” He raised his beer bottle and, with a proud smile on his face, returned: Happy 4th! His Cuban-Venezuelan-American children looked up, raised their Cokes and piped together: “Happy 4th”; then my second youngest sister-in-law, a twin who lives in Atlanta and is married to one of the news editors of Spanish CNN, and her two Venezuelan-American daughters chimed in: “Happy Fourth! We all laughed, and then the laughing subsided and there was silence. I went back to my conversation with my oldest sister-in law, but I couldn’t recapture its thread. In the background, with the crashing waves, I could hear a young squeaky voice singing by itself, something I did not recognize. I could not distinguish the words; I could not recognize the distorted melody sung off key. Another voice joined in and then another older voice that made the words understandable and gave affirmation to the wavering childlike melody: …“By the dawn’s early light…,” I thought I heard. Then my twin sisters-in law joined the improvised but now solid choir: “Whose broad stripes and bright stars…;” then the girls: “And the rockets’ red glare.…”  By then, my husband and I were singing loudly and proudly: “For the land of the free, and the home of the brave!” When I finally remembered we were in the restaurant, I looked around and half our table was standing up, hands on our hearts and teary-eyed. So were the tables around us: Happy 4th! Happy Venezuelan 4th!

Tomar café en Venezuela

febrero 23, 2009

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos Reservados.
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 24 de marzo del 2004.

José Martí, el escritor y patriota cubano, escribió múltiples elogios al café. Lo llamó “el generoso don de América”, “la esencia de la vida”, “el padre del verso”. Siendo un asiduo tomador de café desde los 16 años, dice: “El café me enardece y alegra, fuego suave, sin llama y sin ardor, aviva y acelera toda la ágil sangre de mis venas”. Sobre el café de Venezuela comentó que era “tan vivificador y fragante que tal parece que hierve una oda en cada taza”. Muchos historiadores culpan la muerte de José Martí a su gran deseo de tomar café. Pero eso nos ocupará otro día.

Como yo al igual que Martí, soy también asidua al café, al café fuerte “a la cubana”, desde los 16 años de edad en que por primera vez mis padres me permitieron tomarlo cuando se le servía a los adultos, comprendo perfectamente que él no pudiera resistir la tentación de catarlo dondequiera que se le presentara la oportunidad. En mi primera visita a Venezuela hace muchos años, le pedí a mi media naranja que me llevara a una cafetería a tomar aquel café cuyo aroma me perseguía por toda Caracas. Cuando el dependiente me preguntó qué deseaba le contesté que “un café”, como lo pido siempre. “¿Cómo?”, preguntó, a lo que yo volví a repetir: “Un café, por favor.” “¿Cómo?”, repitió, dándole dos palmaditas al mesón, dejándome entender que tenía la paciencia al límite, pues era temprano en la mañana y estaba la cafetería repleta con otros clientes apurados que esperaban. Creyendo que era sordo y alzando la voz, le contesté también desconcertada: “Un café, por favor”. “No, vale, que ¿cómo lo quiere?”. Mi marido que estaba detrás de mí me miraba sonriente y con ojos burlones. “¿Qué pasa?”, pregunté, “¿qué es eso de que cómo lo quiero, chico? ¿Es que acaso aquí tienen otro nombre para el café? ¡Sí!, seguro que ahora me vas a decir que aquí se pide el café de otra forma…”. El dependiente esperaba ya visiblemente dispuesto a dejarme por imposible, pero mi marido dijo a tiempo, antes que el hombre se alejara: “¡Un negro corto!” “¡Un negro corto!” ordenó el dependiente sin mirar a la mujer escondida detrás de la máquina coladora. “¿Un negro corto? ¿Qué estás hablando tú, chico? Mira, ¡que no inventen con mi café!” Un señor mayor, canoso, que no se había perdido ni un momento del intercambio me dijo: “Usted no es de aquí, ¿verdad?” “No”, respondí. “Pues mire, aquí usted puede tomar un negro corto, un negro largo, un con leche claro, un con leche oscuro, el clarito o guayoyo, un cortado, un marrón oscuro, un marrón claro…después están los que tienen azúcar y los que no tienen azúcar, los que son bien calientes, los que son templados y los casi fríos. Nosotros los venezolanos somos expertos en describir el café para tomarlo exactamente como nos gusta. ¿No ve que el café es muy personal, que no hay dos personas que se lo tomen igual y hay que complacer todos los gustos?” Cuando terminó su explicación indicó con la mano el espacio que quedaba ante mí sobre el mesón. Allí, en la tacita blanca, humeante, negro, espumoso, aromático y sabroso, estaba mi “negro corto”: ¡mi café cubano!

AddThis social bookmarking image button