Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2011, Derechos Reservados.

La vida lo va llevando a uno por los caminos verdes alguna vez transitados por otros, pero no por uno mismo, y cuando uno sabe que no le queda alternativa más que la de enfrentar lo que se avecina, tiende a hacer acopio de fuerzas, a enfocarse, a disponerse a pasar el vendaval que desde el horizonte negro se acerca ominoso, listo a derramar sus vientos y sus aguas a nuestros pies. En ese esfuerzo de concentración a veces olvidamos momentos felices, instantes especiales, no porque uno lo quiera así, sino que parece no haber tiempo, ni espacio, ni pensamiento, más que para timonear astutamente en las aguas turbias del presente incierto que no podemos eludir.

Como no pretendo que se lean todo este blog para conocer mis antecedentes quiero ofrecerles un tanto en este sentido. Muchos que ya me han leído sí saben, que soy cubana, exilada de Fidel en Miami, ciudadana estadounidense, esposa de un maracucho bien chévere y por lo tanto, desde hace tres años exactamente, residente oficial de Venezuela. Por muchos años mi esposo y yo entretuvimos la idea de venir a vivir a Isla Margarita, abrir una muy pequeña posada para alquilar habitaciones sólo en épocas de temporada alta y así hacer nuestro retiro tranquilos y lejos del bullicio y mareo de las ciudades grandes de Estados Unidos.

El sueño se tornó en pesadilla cuando por la crisis financiera de EE.UU. decidimos apurar el paso y hacer el cambio antes de lo que habíamos previsto. Así nos vimos en el Aeropuerto Internacional Santiago Mariño, “navegados”, como se les dice a los que vienen a asentarse a la isla, con nuestras maletas y nuestros animales: Simba, un ansioso golden retriever pelirrojo y la magníficamente bella, pobre gata Maggie que estuvo tres días sin comer ni moverse de su jaula después de su traumatizante experiencia del viaje en avión. Ahora pienso que como gata al fin, hermética y pausada, fue ella la única que intuyó y supo lo que nos venía encima, y desde el principio no lo quiso ni creer, ni aceptar. Lo que sucedió entre que aterrizamos en la isla y logramos tener nuestra nueva pero vieja casa en estado de ocupación humana pasaron alrededor de dos años y eso…, eso no se los voy a contar en este artículo porque, o todavía no he logrado procesarlo, o en realidad estoy con la digestión emocional paralizada precisamente para no desmoronarme.

Ya se agolpan sus preguntas en mis oídos: ¿Pero venir para Venezuela? ¡Si lo que nosotros queremos es irnos para EE.UU.! ¿Pero ya tú no viviste esto en Cuba? ¿Qué vinieron a buscar aquí? En verdad no tengo respuesta justificable, excepto una cosa que leí de Hayek, un economista de la escuela austríaca, que dice que en momentos de una crisis general, especialmente las económicas, de los seres humanos se apodera una especie de hipnosis que los lleva a “meter la pata”, y que por eso en momentos de incertidumbre, no se toman decisiones que impliquen grandes cambios existenciales. Por ende soy culpable, muy culpable, aunque vine en diciembre del 2007 a presenciar las elecciones y no fue sino hasta saber sus resultados que tomamos la decisión de venir a vivir a Venezuela.

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Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos reservados.

Hace unos días, asistí a una reunión de periodistas hispanos durante la cual surgió un animado debate sobre el uso de las palabras “hispano” o “latino”. Después de escuchar los puntos de vista expuestos informalmente durante la velada, algunos sorprendentes y casi todos llenos de una indiscutible carga emocional, me retiré ya entrada la noche a rumiar las muchas definiciones que había oído con respecto a quiénes somos. Me di cuenta que tenía entre mis manos casi tantas definiciones de ambas palabras como el número de invitados en aquella tertulia. También era innegable que “hispano” y “latino” en su uso o mal uso, habían adquirido en los EE.UU. con el transcurrir del tiempo, nuevos niveles o “tonalidades” de significados que se habían ido filtrado y albergado en estas palabras, que ambas, cada día con más frecuencia, imponen los límites de lo definido a nuestra identidad y nos “adjetivizan” equivocadamente. Me pregunté si mis amigos periodistas habrían coincidido conmigo, si habrían entendido la enorme tarea que con respecto a la comunidad hispana se despliega ante todos nosotros los que usamos los medios para comunicarnos, especialmente cuando se trata de personas que trabajan escribiendo en inglés y español, y cuya pluma podría influir el pensamiento de tantos lectores.

¿Cómo definir qué es un hispano?, o lo que es un tanto más difícil, ¿qué es un hispano en EE.UU.?, y más complejo aún, ¿qué es un hispano-estadounidense? La diferencia entre estos tres grupos de hispanos puede ser invisible para el que observa superficialmente. Y desde luego, el tema es tan extenso que no podría pensar cubrirlo a fondo en un artículo. Es sustancia para un muy extenso estudio sociológico. Por eso sean estas observaciones apuntes “a grandes brochazos” que quizás sirvan para avivar el interés de algún investigador.

Los llamados “hispanos de Estados Unidos”, comprenden las tres categorías arriba mencionadas. Muchos han crecido y se han formado dentro de este país. Por ende, no necesariamente estudiaron formalmente el español, y además, la cultura hispana que heredaron les llega de segunda mano. Lo que saben del idioma y de la cultura se limita inicialmente a aquello que recogieron en el seno de sus hogares y, la mayoría de las veces, aprendieron sobre algún país hispano lo que sus respectivas familias pudieron contarles. O sea, que la profundidad de sus conocimientos hispanoamericanos, si no se han hecho estudios formales del idioma y la cultura hispana, equivale al grado de educación e interés que les trasmitió el entorno familiar y lo que cada quien, en su caso particular quiso absorber, aceptar y hacer suyos. Por esta razón es un desafío poder hablar con propiedad de sí mismos y de cómo definir, a todos los hispanos, ante las demás culturas con las que se comparte a los EE.UU.

El concepto de ser hispano se hace más difícil cuando la referencia vivencial que domina nuestras vidas no es la de un país hispano; cuando el idioma que se habla en la casa pugna con el acento de otros hispanos y con el idioma que se habla en la calle; cuando las costumbres que nos enseñan nuestros padres hispanos no se avienen con las de otros hispanos; y sin embargo, los que no hemos nacido en EE.UU., aunque mucho nos pese, nos vamos dando cuenta que al pisar tierra estadounidense se ejerce sobre nosotros una delicada y casi imperceptible presión cuyo objetivo es hacer desvanecer en nuestras mentes las fronteras geográficas que alguna vez nos identificaron como cubano, venezolano, puertorriqueño, etc., para poco a poco fundirnos en esa conveniente pared o en ese bloque que los medios y entes gubernamentales en EE.UU. han querido construir para aglomerarnos a todos en un mismo saco y paradójicamente “simplificar” el estudio del fenómeno social en que nos hemos convertido: los Hispanics. Recuerdo hace muchos años, en el Miami de los ’70, cuya población hispana entonces era mayormente cubana, unas calcomanías que empezaron a verse pegadas a los guardafangos de los carros, cuando por primera vez oímos la palabra “hispano” usada para agruparnos a todos con un sesgo que no acababa de convencernos. La calcomanía advertía y reclamaba: “¡Yo no soy hispano. Yo soy cubano!” Treinta años después pienso que al que se le ocurrió la idea de crear este slogan de alguna manera había captado al vuelo lo que apenas comenzaba a sucedernos.

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By Hilda Luisa Díaz-Perera, 2009 All Rights Reserved. Written in Margarita Island, July 5th 2008.

I knew it was the 4th. Yesterday had been the 3rd, so I was positive today was the 4th. It was Friday, and it was the fourth, because the stock market was dutifully closed. It didn’t matter that the dollar was plunging, that oil and commodities were swinging wildly out of control, that there were thousands of people losing millions of dollars. It didn’t matter that more than 6 million families had lost their homes. The United States had come to a standstill for its annual 4th.  I thought about the American Embassy in Caracas and regretted I had not yet registered there. They were probably hosting a celebration for American citizens living in the capital. The thought came to me that I should establish some sort of an association in Margarita Island to bring together those of us who are living here. It would be nice, I thought, if we could gather for national celebrations, like today, or maybe Thanksgiving; we could help each other find American-like products in the island or maybe those who travel to the States could bring back some of those things we take for granted there that are not available, not produced, or even known here, like my French Gourmet Folgers coffee and my specially roasted Pilón Cuban coffee; we could meet every other week and maybe have a sing-along. I couldn’t explain why today my vocal chords had locked themselves on the words of Home on the Range quietly singing them away in my throat. We might also go to the beach for a bonfire with hot dogs (here, mostly German or Polish wieners) and no marshmallows. I thought about it for a minute, mentioned it to my husband and decided to file the idea away. Maybe some time down the road, when I was finally settled in Margarita. There were too many things I still needed to do, before allowing my altruism to get the better of me.

The day had started out very early as it usually did for me: I had brought the dog down and taken him to the yard where he began to bark back at another invisible barking dog hiding somewhere in the dawn’s early light. I had had my breakfast, not with my American Folgers, since I had had no time before I left the States to go to Publix and buy some to bring with me. It had been the first item on my To-Do list that last day, January the 17th of 2008, and yet it never got done, there were so many last minute more important details to attend to. The 4th unfolded slowly and uneventfully. My husband had sold our lawn mower tractor because now we did not own 3.8 acres in Naples anymore. We had a small 25 x 25 patch of green and a regular mower would do. He had set off to Puerto Ordaz to deliver the tractor to the new owner. He would be gone for two days. I sat down at my sewing machine and got busy with the kitchen curtains I had to finish. The 4th faded slowly away into the stitches, the minutes, the hours, the solitude and the barking dog and my cat Maggie rubbing her body against my feet and purring heavily, demanding attention. Home on the Range had survived my busy-ness and indeed, the skies had not been cloudy all day.  It was 5 pm already. The phone rang. My husband was calling with the news that he would not be traveling to Puerto Ordaz after all. The customs officers had told him that the paperwork was perfect and that the flatbed could go onto its destination without him. I was so thankful! Our home had been broken into twice in less than a month so the prospect of being alone did not make me happy. “Hurry home,” I said and hung up. The phone rang again. It was my oldest sister in-law’s husband. So that I would not be alone that evening, he and his wife were inviting me to dinner at a wonderful restaurant in Playa El Agua, that stands right on the sand by the shoreline. Playa El Agua is a tract of sandy, open beach about 4 kms long. From the restaurant, you can see the wide expanse of ocean coming at you, and your ears become full of the sound of the waves. I told them about my husband’s change of plans, and that he would be joining us there.

When we arrived it was early for Venezuelan dinnertime, so the restaurant was empty except for the long table at the back where there were more than 20 people, all family, awaiting us. Everyone got up in unison and went into the Hispanic greeting frenzy of kissing and re-kissing and hugging each other. All of a sudden the greeting stopped, as in the musical chairs game when the music is turned off. Everyone scrammed to their chairs. Two were free, and before I knew it, my husband and I were sitting facing the massive, huge grey ocean. Today, you could see row after row of long advancing waves landing at the shoreline, smoothly and softly, with no effort, like a child sent by its mother to have some cookies from the jar. The ocean looked like molten lead coming from the horizon, turning into water hills, moving heavily, surely, driving itself into the sand in splashes of white foam. It reminded me of something that I couldn’t exactly place. I kept watching the rows of water, the grey. I ordered from the menu. And still the waves reminded me of something I had seen. Home on the Range still hugged my chords and sang itself into my ears, a lonely song. I thought of my children who I knew were celebrating together in Tampa, at the beach. Then I thought of the War Memorials in Washington D.C. I could see the oversized statues of the American soldiers at the Korean War Veterans Memorial, shining eerily silver grey under a full moon. From there my mind jumped to the dark grey of the Vietnam Veterans Memorial contrasting with the myriad of bright flowers left daily by the dead soldiers’ family members. The waves were still thrusting at me, but now the ocean was not empty. It was swarming with US Navy boats full of men heading toward the shore, there were soldiers with rifles held above the water and I could hear the cries, the bullets sizzling by and the explosions that gradually took over the space of Home on the Range until I could not hear it any longer. Had I seen this in Washington D.C.? No, this was D-Day playing itself out for me in this distant grey ocean on an overcast early evening! I felt my eyes welled with tears. I fought the heaving knot in the middle of my breast and turned around to my youngest sister-in-law’s Cuban husband at the opposite end of the table. He designs cars for Ford and he and his family are settling in Brazil for his three-year stay at the Brazilian Ford Headquarters. Of those present, the two of us had held American citizenship the longest. “Ralph!” I said raising my margarita glass, “Happy 4th!” He raised his beer bottle and, with a proud smile on his face, returned: Happy 4th! His Cuban-Venezuelan-American children looked up, raised their Cokes and piped together: “Happy 4th”; then my second youngest sister-in-law, a twin who lives in Atlanta and is married to one of the news editors of Spanish CNN, and her two Venezuelan-American daughters chimed in: “Happy Fourth! We all laughed, and then the laughing subsided and there was silence. I went back to my conversation with my oldest sister-in law, but I couldn’t recapture its thread. In the background, with the crashing waves, I could hear a young squeaky voice singing by itself, something I did not recognize. I could not distinguish the words; I could not recognize the distorted melody sung off key. Another voice joined in and then another older voice that made the words understandable and gave affirmation to the wavering childlike melody: …“By the dawn’s early light…,” I thought I heard. Then my twin sisters-in law joined the improvised but now solid choir: “Whose broad stripes and bright stars…;” then the girls: “And the rockets’ red glare.…”  By then, my husband and I were singing loudly and proudly: “For the land of the free, and the home of the brave!” When I finally remembered we were in the restaurant, I looked around and half our table was standing up, hands on our hearts and teary-eyed. So were the tables around us: Happy 4th! Happy Venezuelan 4th!

Naples de mi recuerdo

mayo 29, 2009

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos Reservados.
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 27 de octubre del 2002.

Hace un año me mudé para la ciudad de Naples. Aunque no vivía aquí, sino en Miami, es posible que haya venido a esta costa del oeste de la Florida mucho tiempo antes que los que hoy en día dicen llevar “años”. Yo venía con mis padres, que enseguida se enamoraron del pueblito somnoliento de Naples, cuando la 41 era sólo de dos vías, cuando no existía el Coastland Mall, ni Immokalee Road, cuando entre Naples y Vanderbilt Beach sólo había millas de terrenos yermos; cuando no se conseguía gasolina después de las cinco de la tarde de un día viernes; cuando los domingos por la mañana los residentes del pueblo se ponían sus trajes y vestidos domingueros, sombreros de paja adornados con margaritas, guantes calados y zapatos de charol blanco para ir a misa; cuando hablar en español allí era hasta cierto punto “exótico”, porque Miami, a apenas dos horas en auto, entonces era también otro pueblo con luz eléctrica, pero para los provincianos napolitanos era además misterioso por estar invadido de extraños hispanos.

Andando el tiempo, cuando mi padre se “levantó”, compró una casita en uno de los canales de Vanderbilt Beach, y allí junto al mar, bajo el sol de la playa, la brisa cálida del mar del Golfo, los pelícanos que volaban en formación cerca de la superficie del mar pescando pececitos incautos y unos traguitos de daiquirí que pasaban por limonada ante los intransigentes guardias playeros gringos, nos reuníamos los primeros cubanos que veníamos huyéndole ya a la creciente congestión de las playas miamenses. En ese entonces la mayoría de los cubanos en Miami vivíamos en Westchester y sus alrededores, y por consiguiente, las playas de Miami Beach y “El Cayo” eran conocidas por los criollos burlones e irreverentes con el sobrenombre de “Westchester-By-The-Sea”. Pero no nos codeábamos precisamente con la alta sociedad en aquellos nuestros difíciles primeros años de exilio. Yo me refugiaba en la tranquilidad, la paz y el orden de Naples con mis hijos y otros matrimonios amigos que veníamos a pasar los fines de semanas largos y temporadas de verano lejos de la bullanguería de las playas de Miami. Tengo por ahí guardadas cientos de fotografías de mis hijos en trusa (traje de baño para los no cubanos), correteando en la playa, haciendo túneles y castillos en la arena; mi mejor amiga rodeando con su brazo protector los hombros endebles de mi hija más pequeña, hablándole al oído, quizás consolándola, ella con cara de puchero y las mejillas coloradas, quemadas por el sol; mi hijo y su amigo, “los dos Frankies”, como les decíamos, porque eran inseparables, en un momento de “encompinchamiento”, de sabe Dios qué acuerdo; la foto que quedó plasmada una tarde en que todos los niños se sentaron por orden de tamaño en el borde de la piscina y el ojo de la cámara preservó, gracias a Dios, el momento para todos nosotros los padres. También quedaron mis papás, de espaldas a un mar limpio y manso, mirando sonrientes a la cámara, en un medio abrazo. Por las noches yo solía sacar mi guitarra y cantábamos canciones viejas cubanas de principios de siglo, música de la vieja trova que todos nos sabíamos. Los balcones de los cuartos de los turistas se iluminaban con los cabos de cigarros ardientes que brillaban en la noche como cocuyos. Ellos fumaban mientras escuchaban respetuosos toda mi música en español que no entendían, envuelta en el murmullo de cocoteros y el susurro de suaves olas derramándose en la orilla.

Han pasado muchos años y no dejo de acordarme de la canción de Pablo que dice: “…el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos….”. A veces me parece que si estiro el brazo, de detrás de alguna palmera va a venir, travieso, alguno de mis hijos a buscar cariño. Prefiero no estirar el brazo, pues se puede quebrar el ensueño… Pienso en tantos de mis seres queridos que ya no están conmigo para disfrutar, como antes lo hacíamos, de esta hermosa ciudad que sigue siendo hoy Naples.

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos Reservados.

Después de doce días de gira ofreciendo conciertos y conferencias en Atlanta, Detroit, y Nueva York, entro a mi casa cansada, agradeciendo el olor a lo conocido que me recibe y no el desagradable y mustio olor a cuarto de hotel desinfectado. Voy buscando darme un baño tibio, relajante, que me desate todos los nudos de mi cuerpo que se tuerce como madeja tirante cada vez que debo encarar un nuevo público. Anticipo mi cama de colchón duro que alivia esta espalda mía reacia a comportarse, mis tres almohadas, mi edredón de plumas que me envuelve como vientre cálido, y un buen libro de metafísica que mi amiga bruja me prestó. Antes de seguir hacia al cuarto, paso por la cocina a prepararme un vaso de leche tibia. Abro la puerta del refrigerador y me saluda la nevera fría mal apertrechada que vacié y ordené antes de salir de viaje, para al regreso no tener que botar el medio tomate deshidratado que sobró de la noche antes de irnos; las tres hojas de lechuga, que ahora estarían disecadas y que mis hijas habían rechazado cuando estaban frescas y crocantes; ni la lata de leche condensada que sería una costra dura de cemento azucarado por no encontrar con qué taparla. Desde luego el pote de leche fresca medio vacío no había sobrevivido tampoco mi tan diligente limpieza.

La mirada se me escapa al teléfono y me pregunto si debo echar a andar la bendita contestadora que seguramente está desbordante de esos mensajes que deja la gente cuando se frusta después de haber llamado varias veces sin recibir respuesta, o si será mejor esperar a mañana para enterarme de lo que me va a alegrar, de lo que me va a preocupar, de lo que quiero saber y de lo que prefiero ni enterarme. Doy la vuelta dispuesta a dormir tranquila, pero siento como si el teléfono me hubiera tendido una red. Estiro la mano y la dejo posada sobre el recibidor, sin levantarlo. Miro el reloj: son las seis y media de la tarde. ¿Qué voy a resolver yo a estas horas? Mejor espero a mañana. Pero no hago más que tomar la decisión de detener mi llegada unas horas más, y mi brazo, con vida propia, desobedece; mi mano compinche marca el número del servicio telefónico; y oigo la voz de la mujer computadora, bien espaciada, atonal, y hablando en sílabas, darme la maravillosa sorpresa que “su casilla tiene 50 mensajes nuevos”. Percibo que mi cara hace una mueca, mi hombro se levanta de lado, la espalda se me queja, y entre los tres me convencen que es mejor llenarme de paciencia, que ya estoy de vuelta en Miami, que mientras más rápido acepte ensillarme, más fácil se me va hacer el regresar a esta rutina cotidiana que me amenaza siempre con el sofoco. Después de cuarenta y nueve click-clicks que responden a las órdenes de morona que me da sin piedad la mujer computadora, hacia el final, oigo la voz de mi madre que le responde al mensaje de mi voz como si estuviera hablándome a mí. Siento como si me estuviera mirando, y no me puedo esconder. Me agarro contestándole mentalmente al mensaje de mi mamá, en un extraño intercambio de surrealismo tecnológico: “Hildita”, (¡qué puntería! ¿cómo sabe que ya llegué?) “¿ya llegaste?” (Redundante, pero ¡sí, ya estoy aquí!) “mira, tu tía Nena cumple hoy noventa años: tengo a todo el mundo citado para esta noche” (¿esta noche?, ¡mami, por Dios!, ¿por qué no lo dejamos para el sábado?) “a las 7:00” (recalca) “y tiene que ser hoy, porque es hoy cuando tu tía cumple los noventa años” (¡son las 6:45, mami, acabo de llegar, no sé ni dónde tengo los zapatos, ¿y las medias? ¿y el maquillaje, en cuál maleta lo metí?) “¡los esperamos..!”

Mi marido está parado frente a mí, con la gorra puesta al revés, sus jeans desteñidos, los mocasines tristes y la cara de cansancio de viaje largo. Viene con los ojos oblicuos, un par de rayitas finas que no ven. En sus manos trae los bultos, las maletas, los abrigos. “¿Qué pasa?”, pregunta anticipando una diligencia más en su día entrecruzado de carreteras. “Tía Nena cumple hoy noventa años”, digo lentamente, para que mis palabras se amolden a su agotamiento y observar los cambios de expresión de su cara que me sorprende con su entusiasmo: “¡Qué chévere!”, exclama y se le abren los ojos nuevamente como si la idea del festejo le dieran fuerzas nuevas: “¿la viejita cumple noventa años? ¡Qué chévere! ¡Alístate, pues, vamos!”, y a las 7:15 estábamos tocando el timbre de la casa de mi mamá, limpiecitos y olorosos como niños de domingo.

Mi Tía Nena, no es mi tía sino mi tía abuela, y no es de sangre, sino política, porque se casó con mi tío, el hermano de mi abuelo materno. Mi Tía Nena es tía política de mi mamá. Allí está sentada en la sala, en su silla de ruedas. Está de espaldas a mí. Mis manos llegan a ella antes que yo. Le froto los hombros endebles. “¿Quién está ahí?”, pregunta. Mi cara sigue a mis manos y se le asoma a los ojos. Me mira, haciendo un esfuerzo por reconocerme. “¡Mi sobrina Hildalú!”, dice usando el nombre que me da la familia y se ilumina de alegría profunda. “¿Ya te mudaste?”, me pregunta como me viene preguntando desde hace cuatro años, la última vez que se le grabó firmemente en el cerebro un dato de mi vida.

Mi Tía Nena es rosada. Le han cortado su pelo gris-blanco para que resulte fácil lavárselo y peinárselo. Lourdes, mi prima, le escogió un vestido sencillo y veraniego de flores verdes en fondo ocre. Su collar de perlas genuinas le rodea la garganta. Las manos nudosas, de dedos finos y elegantes reposan en su regazo. Lleva las uñas pintadas de un rosa viejo tenue y sendas sortijas que son parte de su ser. De la muñeca izquierda le cuelga una manilla de oro, de una pulgada de ancho, cuyo broche lleva talladas sus iniciales. Pero el mejor adorno, la mejor prenda es su sonrisa, su mirada cándida de dónde fluye dulzura infinita y adónde tantas veces he acudido a beber consejos. Es la matriarca de la familia, la más vieja del clan que hoy cumple noventa años. La familia ha venido a rendirle homenaje, como le rendimos homenaje a aquellos que en su momento fueron los más viejos y hoy ya no están con nosotros: mi bisabuela, que cumplió los ochenta con Los Matamoros en la casa de Miramar cuando yo tenía apenas cuatro años; mis tíos bisabuelos, traducidos por mis sentidos de niña a dos bolitas enfundadas en tela de holán blanco y ojillos azulísimos; mis dos abuelas, segundas madres insustituibles de mi vida; mis otras tías abuelas, hermanas de mi abuela paterna que por no estar casadas me rociaban de amor y regalos y a todo me decían que sí.

Mis abuelos y mi padre nunca fueron los más viejos. Se fueron sin darnos tiempo a acostumbrarnos a que se íban, sin darnos tiempo a despedirnos. Un día ya no estaban. El homenaje a ellos es distinto. Es desear escuchar sus voces, tomarlos de las manos, sentirlos respirar. Es contemplarlos sonreír, hablar con ellos y verlos en todos los rincones del recuerdo. Es un poco hacerlos revivir, dotándolos de la vida que no tuvieron, brindándoles nuestros acontecimientos para que se nutran: ¡Mira, Papi, qué grandes están tus nietos. ¡Ana Cecilia es igualita a mí y a ti! ¿Te acuerdas, abuelo, cuando te bailaba la jota y te tocaba las castañuelas hasta el mismo mareo? Escucha abuelo, ¡escucha toda la música que he grabado! ¿Están orgullosos de mí? ¡Cuánta falta me ha hecho saberlos en el público! ¡Cuánta falta me han hecho sus aplausos! Abuelo…hazme el cuento de Robinson Crusoe y el cuento de las águilas y el cuento de Colón.

Pero hoy el homenaje es para mi Tía Nena que cumple noventa años. Todo el mundo la contempla. La hacen hablar para escuchar sus comentarios siempre pícaros y graciosos que nos hacen reír. Se ha convertido en una niña mimada, mi Tía Nena. Alguien apaga las luces y presiento detrás de mí la iluminación del cake de cumpleaños. Mi madre trae en sus manos la bandeja con la torta de nueve velitas, una por cada diez años y la deposita frente a mi Tía Nena. Su cara recoge todo el resplandor que despide el fuego tenue de las nueve velas y se disipa, desde donde estoy sentada, su derredor. Las cámaras se alzan para duplicar para siempre la celebración, pero en mí se plasma una foto mental de mi Tía Nena en ese preciso momento que será distinta a las demás. Veo, en una sublime cámara lenta, como se van acercando uno a uno todos los que vinimos a celebrar los noventa años de mi Tía Nena. Escucho, aunque no canto ni oigo la canción de cumpleaños, al coro familiar, bien intencionado, lleno de amor y desentono. Mi Tía Nena lentamente recorre cada una de las caras que la rodean como queriendo asegurarse de este momento que a veces parece entender, cuando su mente, por un segundo fugaz, le permite estacionarse en alguien o algo que logra verificar en su vivencia. Se oye el último “¡…cumpleaños feliz!”, y mi Tía Nena se prepara a soplar las velitas. Sus manos se sujetan a la mesa, sus pulmones se hinchan de aire y sopla con toda la fuerza que le presta su cuerpo frágil. Todas las velitas se apagan y vuelve el tiempo a fluir con el presente que me devuelven los aplausos de la familia. Alguien comenta malicioso: “¡Mírala, si todavía sopla…!” Oigo a mi marido que le pregunta irreverente a mi Tía Nena: —Vieja, ¿y usted sabe cuántos años son? —No estoy muy segura, hijo— dice sonrojándose con ingenuidad como una niña, —siempre tengo que preguntarle a Lourdes, pero creo que son 50 ó 60.

Todos reímos enlazados por la magia especial que tiende sobre nosotros esta Tía Nena con su amor bálsamo. Ella, que ya olvidó la pregunta y su repuesta, también ríe para no quedarse atrás en la alegría. ¡Qué bueno que llegué a tiempo! ¡Gracias Tía Nena por tantos años tuyos nuestros. Gracias por poblarnos la vida de ti! ¡Tía Nena cumple hoy noventa años! ¡Felicidades Tía Nena!

Mis abuelas

marzo 29, 2009

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos Reservados.
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 10 de marzo del 2004.

Las abuelas son ternura inagotable. A veces pienso si no debían ellas ser las madres de sus nietos, por designio o por decreto de la sociedad. Todas las mujeres que hemos sido madres muy jóvenes, hemos sentido frustración e impaciencia con nuestros hijos. ¿Dónde encuentran las abuelas el tiempo y la disposición para convertirse en bálsamo de sus nietos? No recuerdo nunca un “no” de mis abuelas, aunque nunca me malcriaron ni consintieron más allá de lo que yo considero “normal” en una relación como ésta. En mi recuerdo, mis abuelas se levantan como farallones protectores, como ejemplos de valor, determinación y fe, como fuentes de sabiduría y conocimiento. Eran muy distintas mis dos abuelas, y sin embargo las bases que me legaron comprenden valores que considero casi idénticos: el amor a cultivarse como seres humanos y la virtud de no desistir ante la adversidad.

Mi abuela materna, que nació a principios de los 1900, comenzó sus clases de francés en la Alianza Francesa y aprendió a conducir un auto al quedarse viuda a los 47 años. Iba de aquí para allá, toda señorona, por las calles de La Habana, en su Plymouth “cola ‘e pato” rosado y blanco del ’58. Mis hijos hoy dirían que “She was cool!” Recuerdo entrar a sus apartamentos y ver la mesita cuadrada donde estudiaba. Allí siempre estaban su diccionario Larousse abierto, sus lápices de puntas perfectamente afiladas, sus libros de gramática francesa y sus libretas llenas de notas escritas en su letra clara, pequeña y muy femenina, pero de mayúsculas originales y dominantes que delataban su carácter indudable. Yo caminaba de puntillas y me sentaba en su sofá a escucharla, desde la sala, conjugar aquella letanía de verbos interminables. Empezó a estudiar francés como una especie de terapia para su luto, y se convirtió luego en fuente de ingreso para ella cuando llegamos como exilados políticos a EE.UU., ya que en muchas ocasiones tradujo artículos para revistas y periódicos.

Esta abuela mía tocaba la mandolina y al darse cuenta que yo estaba a punto de perder mi curso de solfeo, ofreció ayudarme. Se sentaba en el patio de atrás de la casa, bajo los frondosos framboyanes amarillos, su pequeña mandolina apretada contra el pecho, la púa entre el índice y el pulgar, escogiendo una a una las notas de la melodía que yo debía aprenderme. Gracias a ella, saqué un sobresaliente en teoría y solfeo en ese mi segundo año de piano. Con ella practiqué y aprendí todas las conjugaciones de los verbos y las tablas de multiplicar.

Esta abuela mía me regaló, en mi quinta navidad, un par de agujas de tejer y una bola de estambre grueso. Me montó algunos puntos y me dio la primera clase de tejido, poniendo entre mis manos pequeñas y torpes lo que se convertiría, poco a poco, a través de mi vida, en fuente de entretenimiento y cavilación. Se teje y se piensa y tus pensamientos quedan para siempre envueltos en el estambre de la vida. A medida que me fui haciendo mujer y adulto, refiné con su ayuda mis destrezas como tejedora. Me enseñó, por ejemplo, que la velocidad para tejer depende del uso del índice como polea para alimentar la agua con el hilo, que al tejerse, se convertirá en punto. Con el pasar de los años, tejí para mis padres, para mis hijos, para mis amigos y para mí. De las puntas de mis agujas surgían suéteres, faldas, vestidos y cobijas y mi abuela se deleitaba viendo mis creaciones y las dificultades de este o aquel punto que había escogido. El tejer me enseñó paciencia y acuciosidad, y en momentos en que no llevaba bien la cuenta de los puntos, el tejido me enseño a aceptar que me había equivocado, a buscar el error, a enmendarlo deshaciendo el trabajo que ya había terminado y a volver a empezar desde el principio. Cada punto de cada pieza era prueba de un segundo de mi vida. Mi abuela materna comenzó a sufrir del mal de Parkinson cuando yo era aun adolescente. Cuando mis hijos nacieron ya su enfermedad estaba avanzada y no podía sumarse al jolgorio de mi hogar. Aún así, por mucho tiempo, en el rincón callado de la casa que era su cuarto y desde su reclinable, enseñó a mi hija pequeña a leer en español.

Mi abuela paterna olía a talco. Mi abuela paterna prefería la ciencia y las matemáticas. Yo pasaba todos los fines de semana en su casa, las mañanas usualmente dedicadas a aprender el reloj, (que me dio mucho quehacer, porque no me interesaba), los quebrados, y el sistema métrico. Debe de ser de cuando era muy pequeña el recuerdo que guardo de su frustración y la mía por no entender yo lo que era una decena y que diez de ellas hacían una centena. Pero mi abuela tenía una piscina en su casa de Mulgoba, y yo me plegaba a sus planes de estudio con tal de poder sumergirme en aquella agua límpida y fresca en las tardes veraniegas de fuerte sol cubano. A medida que yo fui creciendo, su casa se fue llenando de la muchachería adolescente del barrio, que como yo, gozaba del abandono propio de la edad. Mi abuela nos dejaba poner el tocadiscos a todo volumen y siempre agasajaba a mis amigos con meriendas y refrescos. Nunca me dijo que no, nunca le oí decir que estaba cansada, nunca dudé que ella se divertía con nosotros.

Mi abuela paterna era hija de sastres y con ella aprendí a coser. Fue maestra exigente, como lo había sido su padre con ella al confiarle los ojales, hechos de tela, de todos los trajes de sus clientes. Las costuras de los vestidos de mi abuela eran derechas y limpias. Las puntadas que daba eran parejas y casi invisibles, hechas por su aguja, que sostenía delicadamente entre el pulgar y el índice, mientras que el dedo del medio, el anular y el meñique quedaban ligeramente arqueados cada uno más arriba del otro y los tres por arriba del índice. El movimiento de sus manos sobre la pieza que cosía era como si la acariciara con el ritmo del entra y sale de la aguja en la tela. Solía decir que la ropa debía ser perfecta por fuera y por dentro; que la terminación de una pieza por dentro señalaba el calibre de la costurera; que si se iba a coser era mejor hacerlo con cuidado y bien.

Mi abuela paterna era la repostera de la familia. Hacía sus tortas como hacía los ojales y cosía mis vestidos: pacientemente, midiendo los ingredientes con exactitud y cuidado, cerciorándose que la temperatura ambiental y la del horno estuvieran precisas. Con sus tortas, mi padre y mi tío celebraron todos sus cumpleaños, mi hermano y yo los nuestros, mis cuatro hijos los suyos. Después de su muerte, las celebraciones perdieron un poco su brillo, ya que ninguna de nosotras las mujeres de la familia pudimos reproducir el sabor y la textura de aquellas tortas legendarias de mi abuela paterna. Mi abuela paterna fue mi otra madre y también la madre de mis hijos.

Mis abuelas ya no están conmigo, pero me acompañan todo el día. A ellas pido consejos cuando no sé qué hacer; a ellas acudo cuando necesito sosiego; con ellas hablo cuando estoy sola, porque nunca están lejos de mí. Las llamo y las siento acercarse en silencio, siempre con una sonrisa para mí, una mano extendida para darme equilibrio. ¡Mis dos queridas e insustituibles madres! ¡Mis dos abuelas: Abuela Hilda, Abuela Rosario!