Extremo este de Playa El Agua

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2010, Derechos Reservados.

Playa El Agua aún duerme. La fina y tibia arena provoca tocarla. Uno que otro somnoliento cuidador de restaurante playero, anticipando clientela, barre de la orilla los montones de algas que dejó olvidada la marea en su viaje de retroceso recogiendo el mar. Poco a poco las tumbonas blancas colocadas sobre la arena por los cuidadores, van acaparando su espacio junto al fuerte e incansable oleaje milenario de esta amplia y magnífica playa. Sobre las tumbonas, los toldos multicolores, como bonetes domingueros de niñitas, pintan el paisaje, aquí rojos, allá azules, más allá verdes y morados, así hasta el horizonte del extremo opuesto de la playa. El tenue vientecillo que sopla desde el mar envuelve la costa con una neblina vaporosa de minúsculo y casi imperceptible rocío de sal. Pasa de vez en cuando alguien que deja sus huellas sobre la arena mojada, huellas que se unen a las tantas que han ido y venido. Se van desvaneciendo como se desvanecieron las anteriores y como desparecieron todos aquéllos que vinieron y se fueron desde los principios del tiempo. La marea está muy baja y se dibuja sobre la arena húmeda una ancha avenida que delinea el verdadero alcance del siempre turbulento mar cuando regresa a cubrirla. El agua transparente se confabula con el sol y juntos hacen veloces caleidoscopios de luces que se reflejan en el fondo del mar. Las olas van y vienen. Se derraman extenuadas en la orilla, trayendo algunas tiras de algas, unos delgados pececitos, nerviosos y fugaces, un pequeño cangrejo que surge de entre la espuma y se pierde corriendo sobre la arena, buscando el diminuto agujero que le sirve de casa.

Los viejos cocoteros verdes de largas y mañosas cabelleras, se alzan elegantes, como centinelas cuadrados en atención, formando una alta muralla que separa la playa de la carretera. En lo más alto, unen sus frondosas cabezas verdes y al moverlas la brisa, se convierten en amigas con mucho que contarse porque hace tiempo que no se ven. Ahora se acercan y secretean dos; ahora se separan y parece que se dieran la espalda; ahora una se mece sola, como si escuchara una melodía personal, distinta; ahora los cocoteros parecen todos un coro de voces verdes vibrando en el aire, frotando sus pencas como los grillos sus patas, allá en lo más alto, donde casi nadie mira.

Frente a la playa en el medio del mar yace el Archipiélago de Los Frailes que en la mañana se viste con los colores que el sol naciente quiera enviarle. Hoy puede ser morado, pero mañana podría ser violeta, o lila o quizás naranja. La bruma lo envuelve misteriosamente. Muchas veces lleva por sombrero una gran nube que parece taparle la frente y los ojos.

Unas ligeras y pequeñas lanchas, los gráciles peñeros, que salpican con su colorido toda la Isla de Margarita, se divisan yendo y viniendo por delante del horizonte, entre Playa El Agua y Los Frailes, haciendo su travesía pesquera madrugadora. Se oye muy a lo lejos el runrún de los motores y se ven parados en cubierta a los pescadores, verdaderos expertos en desafiar el movimiento del mar con su fino equilibrio. Van cortando el mar a gran velocidad abriendo un surco que al mismo tiempo se cierra detrás de la lancha. Queda la tenue estela que marca el camino del peñero sobre la mar. Se forman, a cada lado de la proa, un par de abanicos líquidos. Salta la lancha por sobre las olas y, al volver a caer, zapatea como la bailarina española. El pescador sigue allí parado, sólidamente, una figura de plomo, imantada a cubierta, contra el telón azul claro del cielo, que hoy contrasta con el agua verde-azul. Las gaviotas, las tijeritas y los pelícanos también conocidos como “buchones”, comparten el espacio de aire sobre Playa El Agua con los zamuros grises que aterrizan en la arena en un lugar apartado, como si supieran que su presencia no es precisamente bienvenida.

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Naples de mi recuerdo

mayo 29, 2009

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos Reservados.
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 27 de octubre del 2002.

Hace un año me mudé para la ciudad de Naples. Aunque no vivía aquí, sino en Miami, es posible que haya venido a esta costa del oeste de la Florida mucho tiempo antes que los que hoy en día dicen llevar “años”. Yo venía con mis padres, que enseguida se enamoraron del pueblito somnoliento de Naples, cuando la 41 era sólo de dos vías, cuando no existía el Coastland Mall, ni Immokalee Road, cuando entre Naples y Vanderbilt Beach sólo había millas de terrenos yermos; cuando no se conseguía gasolina después de las cinco de la tarde de un día viernes; cuando los domingos por la mañana los residentes del pueblo se ponían sus trajes y vestidos domingueros, sombreros de paja adornados con margaritas, guantes calados y zapatos de charol blanco para ir a misa; cuando hablar en español allí era hasta cierto punto “exótico”, porque Miami, a apenas dos horas en auto, entonces era también otro pueblo con luz eléctrica, pero para los provincianos napolitanos era además misterioso por estar invadido de extraños hispanos.

Andando el tiempo, cuando mi padre se “levantó”, compró una casita en uno de los canales de Vanderbilt Beach, y allí junto al mar, bajo el sol de la playa, la brisa cálida del mar del Golfo, los pelícanos que volaban en formación cerca de la superficie del mar pescando pececitos incautos y unos traguitos de daiquirí que pasaban por limonada ante los intransigentes guardias playeros gringos, nos reuníamos los primeros cubanos que veníamos huyéndole ya a la creciente congestión de las playas miamenses. En ese entonces la mayoría de los cubanos en Miami vivíamos en Westchester y sus alrededores, y por consiguiente, las playas de Miami Beach y “El Cayo” eran conocidas por los criollos burlones e irreverentes con el sobrenombre de “Westchester-By-The-Sea”. Pero no nos codeábamos precisamente con la alta sociedad en aquellos nuestros difíciles primeros años de exilio. Yo me refugiaba en la tranquilidad, la paz y el orden de Naples con mis hijos y otros matrimonios amigos que veníamos a pasar los fines de semanas largos y temporadas de verano lejos de la bullanguería de las playas de Miami. Tengo por ahí guardadas cientos de fotografías de mis hijos en trusa (traje de baño para los no cubanos), correteando en la playa, haciendo túneles y castillos en la arena; mi mejor amiga rodeando con su brazo protector los hombros endebles de mi hija más pequeña, hablándole al oído, quizás consolándola, ella con cara de puchero y las mejillas coloradas, quemadas por el sol; mi hijo y su amigo, “los dos Frankies”, como les decíamos, porque eran inseparables, en un momento de “encompinchamiento”, de sabe Dios qué acuerdo; la foto que quedó plasmada una tarde en que todos los niños se sentaron por orden de tamaño en el borde de la piscina y el ojo de la cámara preservó, gracias a Dios, el momento para todos nosotros los padres. También quedaron mis papás, de espaldas a un mar limpio y manso, mirando sonrientes a la cámara, en un medio abrazo. Por las noches yo solía sacar mi guitarra y cantábamos canciones viejas cubanas de principios de siglo, música de la vieja trova que todos nos sabíamos. Los balcones de los cuartos de los turistas se iluminaban con los cabos de cigarros ardientes que brillaban en la noche como cocuyos. Ellos fumaban mientras escuchaban respetuosos toda mi música en español que no entendían, envuelta en el murmullo de cocoteros y el susurro de suaves olas derramándose en la orilla.

Han pasado muchos años y no dejo de acordarme de la canción de Pablo que dice: “…el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos….”. A veces me parece que si estiro el brazo, de detrás de alguna palmera va a venir, travieso, alguno de mis hijos a buscar cariño. Prefiero no estirar el brazo, pues se puede quebrar el ensueño… Pienso en tantos de mis seres queridos que ya no están conmigo para disfrutar, como antes lo hacíamos, de esta hermosa ciudad que sigue siendo hoy Naples.