Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2010, Derechos Reservados.

Es triste el estado en que se encuentra el español a nivel del ciudadano de a pie. No podemos conformarnos conque sólo los privilegiados de la educación lo manejen correctamente, ya que el ser humano no se hace conocedor de su lengua con sólo hablarla. El idioma es un gran edificio que se construye a partir de una base sólida, ladrillo a ladrillo, cuyas materias primas incluyen su abecedario, su vocabulario, su acentuación, su puntuación, su ortografía, su gramática, y su composición; es comprender sus reglas y es saber cómo y cuándo éstas se pueden franquear; es saber forzarlo, pero también es saber respetarlo. Es más, se empieza a conocer íntimamente nuestro idioma cuando debemos traducir de otro. De esta instancia hablaremos más adelante.

Supongo que estas consideraciones me podrían colocar entre los puristas que se sienten cómodos con un idioma estacionario y no así con uno que contiene las semillas de su propia metamorfosis y rejuvenecimiento. Quiero  aclarar que aunque prefiero, quizás por mi edad, el orden y lo predecible, siempre me ha gustado ensayar y repetirme en silencio alguna palabra nueva o giro de decir innovador que tengo la fortuna de encontrarme en mis lecturas y mis intercambios con otras personas. También aplaudo las reformas de la Real Academia de la Lengua  Española (1) que simplifican pero patrullan el uso del español, y recogen y acogen palabras que por su ubicuidad merecen ser aceptadas por el idioma formal. Me hace feliz la jerga, el espanglés/spanglish, el guarañol y el portuñol, pues son españoles bastardos, bandidos y atrevidos, que se burlan de la Academia entrando y saliendo con su contrabando lingüístico por las fronteras geográficas y por las del desconocimiento o facilismo del que los usa. Pero son también caldo de cultivo de soluciones que resuelven el encuentro de dos culturas y la forma en que ambas logran llegar a acomodarse y entenderse. En muchas ocasiones es a través de estos híbridos como surgen las palabras nuevas que le ofrecen un fresco ímpetu al español.

Me llena de ternura escuchar a un niño de ascendencia hispana en Estados Unidos luchar con las enrevesadas conjugaciones de los verbos irregulares del español, o cuando al traducir, en su afán por darse a entender, convierte play the piano en “jugar el piano”. Pero, precisamente por verme en ese espejo, por vivir, crecer y estudiar en Estados Unidos durante tantos años, dudaba de mi propio conocimiento del español. Sin embargo, después de mudarme a vivir en un país hispano ¡he perdido todos los complejos! En dos años he podido empaparme de un español anárquico, que se mueve por donde se le antoja, sin guía vigilante que encauce sus bríos. Por ser este un tema imposible de cubrir en un artículo, quiero ser puntual y ceñirme a algunos de mis “descubrimientos” que quizás sean los que más me turban. Empecemos pues: la palabra conseguir se define como alcanzar, obtener o lograr lo que se desea. Por lo tanto, yo no puedo “conseguirme con Carlos en el centro”, pero sí puedo “encontrarme con Carlos en el centro” o “Carlos y yo nos encontramos en el centro”, porque la palabra encontrar significa dar con

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Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2010 Derechos reservados
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 10 de abril del 2004.

The Everglades

Desde que llegué por primera vez a vivir en Estados Unidos tuve la oportunidad de conocer los Everglades, ese grande y maravilloso “pantano”(1) que yace callado en el centro-sur de la península de la Florida. En Miami se usa una frase común para describir esta bellísima área y es una frase que limita su grandeza, su magnitud. Se dice “allá donde están los Miccosukees” como si fuera un lugar tan recóndito, que en realidad no amerita el esfuerzo de conocerlo. La frase se usaba mucho antes de que los nativos indígenas norteamericanos recibieran del gobierno federal el monopolio del juego lícito; mucho antes que se construyera allí el triste casino(2) que hoy en día se alza como centinela mercenario a la entrada del pantano cuando se sale de Miami hacia el oeste.

Este espacio no será para hacer un recuento del desarrollo histórico de la zona. Más bien es mi deseo dedicárselo al magnífico paisaje que cada día el pantano ofrece al que lo observa con el corazón, al que lo siente latir dulcemente, suavemente, dentro de sí, como verde corazón. No creo que haya persona que se haya enamorado de los Everglades a primera vista. Es solitario, misterioso, quizás inhóspito, húmedo, lleno de animales desconocidos que observan curiosos al que lo transita. Se necesitan muchos cruces, durante varias estaciones, a distintas horas del día, para llegar a apreciarlo y amarlo como lo amó y protegió Marjorie Stoneman Douglas, como he llegado a respetarlo y amarlo yo.

En la mañana temprano, en primavera, el pantano ofrece el verde nuevo de los cipreses que se empiezan a llenar de hojas finísimas después de desnudarse completamente durante el invierno; hay flores de color malva, que son casi imperceptibles, a no ser que el viajero detenga el auto y observe la yerba con detenimiento. Si es muy temprano y está rompiendo el día, se ven a todo lo largo y ancho, lo que parecen frágiles satélites que no son más que diminutas telas de arañas tejidas en la noche por los laboriosos animalitos para atrapar su comida, pero que sin saberlo ellas, nos permiten deleitarnos con la magnitud sinfónica de su pequeñez repetida sin fin, una y otra vez, donde se posa la vista. Los pequeños telares recogen además el tenue brillo del sol niño, y nos regalan juegos de luces iridiscentes como un kaleidoscopio mágico. Los pájaros van poco a poco poblando los árboles, sus vuelos en conjunto dando a parar en reuniones amistosas a la orilla opuesta del canal a lo largo de la carretera. Las garzas posan para el que observa, en complicado balance sobre una de sus largas patas, la otra recogida contra el cuerpo. Extienden sus alas, como si concientemente quisieran exhibir la belleza de su estilizada forma, el color y juego geométrico de sus plumas. Los cocodrilos atisban desde dentro del agua, inertes, oscuros. Si la vista no está adiestrada para reconocerlos, un hocico podría parecer una piedra cuya punta asoma por sobre la superficie verde oliva.

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Mis madrugadas

abril 14, 2010

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2010, Derechos Reservados.
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 25 de enero del 2004.

Yo casi no duermo. Y es porque desde que tuve a mis hijos dejé de dormir aquel sueño profundo, despreocupado, del cual nadie lograba sacarme. Cualquier ruido me despierta lista para la pelea. En verdad no sé lo que es dormir una mañana y tampoco entiendo que alguien se moleste porque no la puede dormir. Yo no sirvo el resto del día si duermo hasta las 7:00. Me levanto como si un duende travieso me hubiera llenado el cerebro de algodón. No entiendo ni atino a hacer las cosas con claridad. Además me parece que todo se esconde detrás de un velo. Tampoco, después que conocí un amanecer, me gusta perderme uno.

Normalmente mi día comienza a las 3:30. Este patrón lo establecí, ahora me doy cuenta, cuando era muy joven y me resigné a que era muy poco probable que me volviera a dormir después que uno de mis hijos me llamara durante la noche. En aquel entonces peleaba con el insomnio. Me batía con él en la medianoche, a las 2 de la mañana, a las tres, a las cuatro. Recuerdo que teníamos un reloj-despertador de cuerda, grandísimo y escandaloso, y en la noche silenciosa, su tic-tac resonaba en toda la casa. Mientras más tiempo pasaba despierta, mayor era la frustración porque, me parecía, era tiempo malgastado que nunca recuperaría. No importaba a la hora que me acostara, siempre dormía lo mismo: 4 ó 5 horas. Entonces un día probé a levantarme y dedicarme a alguna faena provechosa en silencio, que me entretuviese hasta que el resto de la familia despertase. Tejía, leía, veía la televisión, arropaba a los niños y deambulaba la casa como un fantasma.

Una madrugada abrí la puerta de atrás que daba al jardín de mi casa. En aquel entonces vivíamos en un Kendall todavía bucólico y menos desarrollado, de un Miami que ha dejado de ser y que sólo existe hoy en el recuerdo de los que lo conocimos antes del huracán Andrew. El jardín era una especie de bosque de pinos altísimos y muy viejos. Mis hijos pequeños solían llenar de risas los espacios entre los árboles cuando salían a jugar. Parecían ardillas azoradas corriendo de aquí para allá. Pero ahora era madrugada plena y desde el umbral de la puerta, el exterior oscuro me brindaba una invitación para que saliera a acompañarlo. Nunca antes, desde luego, se me había ocurrido hacer eso, por aquello de la oscuridad y la soledad de las 3 de la mañana, por los cuentos de fantasmas y aparecidos. Sin embargo, sentí que algo me empujaba a salir.

Puse un pie en la hierba y después puse el otro y me quedé allí parada mirando la intensa negrura misteriosa. Me atreví a seguir caminando y a medida que me iba adentrando en la oscuridad, me di cuenta, para mi sorpresa, que la noche estaba completamente despierta, igual que yo. Se oía el llamar de las lechuzas, las ranas croando, los chillidos de los grillos, frotando como con delicia, sus patas delanteras, un pajarito insomne, trasnochado como yo, la hilera de hormigas disciplinadas, en fila india con su tesoro robado francamente anunciado, viajando sobre sus cabezas, el viento batiendo entre las hojas de los árboles. La humedad ya había hecho su labor de regar el rocío diminuto entre la hierba, sobre las malangas, los helechos, las cayenas.

Fui cogiendo confianza y de pronto me vi parada en el centro del jardín tomando sorbo a sorbo toda aquella maravilla que sucedía mientras los demás dormían. Miré hacia arriba y allí me esperaba el espectáculo de un cielo maravilloso cuajado de luceros parpadeantes. Estaban tan cerquita de mí que quizás si hubiera extendido la mano los hubiera podido alcanzar. Poco a poco, se fue tornando la noche oscura en noche plateada. Por detrás de la línea de los pinos fue surgiendo una luz etérea que iluminó el pinar callado. Yo fui buscando de dónde venía la luz extraña y a los pocos minutos vi escaparse, por detrás de una nube ladrona, el filo superior de un disco blanquísimo que fue segundo a segundo alcanzando altura en el cielo, faro de luna. La noche ya no era oscura, ya no era negra, ya no era misteriosa. Todo brillaba como si fuera mañana tempranera bajo la luz de aquella luna.

No sé cuanto tiempo contemplé el momento. No sé cuánto agradecí aquella soledad, aquella luz, aquella comunión con la naturaleza que me estaba dando la oportunidad de admirarla y hacerla parte de mi vivencia. Debe haber pasado un largo rato porque contemplé a la luna navegar un tramo de su viaje sideral, hasta encontrarse con el aclarar del día y por falta de contraste, desaparecer de mi vista. Sentí unas pisadas ligeras detrás de mí, y al volverme, vi a mis cuatro hijos con el sueño aún entre las pestañas, mirándome desde la puerta abierta del jardín. El día ya comenzaba para ellos…

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos reservados.

Hace unos días, asistí a una reunión de periodistas hispanos durante la cual surgió un animado debate sobre el uso de las palabras “hispano” o “latino”. Después de escuchar los puntos de vista expuestos informalmente durante la velada, algunos sorprendentes y casi todos llenos de una indiscutible carga emocional, me retiré ya entrada la noche a rumiar las muchas definiciones que había oído con respecto a quiénes somos. Me di cuenta que tenía entre mis manos casi tantas definiciones de ambas palabras como el número de invitados en aquella tertulia. También era innegable que “hispano” y “latino” en su uso o mal uso, habían adquirido en los EE.UU. con el transcurrir del tiempo, nuevos niveles o “tonalidades” de significados que se habían ido filtrado y albergado en estas palabras, que ambas, cada día con más frecuencia, imponen los límites de lo definido a nuestra identidad y nos “adjetivizan” equivocadamente. Me pregunté si mis amigos periodistas habrían coincidido conmigo, si habrían entendido la enorme tarea que con respecto a la comunidad hispana se despliega ante todos nosotros los que usamos los medios para comunicarnos, especialmente cuando se trata de personas que trabajan escribiendo en inglés y español, y cuya pluma podría influir el pensamiento de tantos lectores.

¿Cómo definir qué es un hispano?, o lo que es un tanto más difícil, ¿qué es un hispano en EE.UU.?, y más complejo aún, ¿qué es un hispano-estadounidense? La diferencia entre estos tres grupos de hispanos puede ser invisible para el que observa superficialmente. Y desde luego, el tema es tan extenso que no podría pensar cubrirlo a fondo en un artículo. Es sustancia para un muy extenso estudio sociológico. Por eso sean estas observaciones apuntes “a grandes brochazos” que quizás sirvan para avivar el interés de algún investigador.

Los llamados “hispanos de Estados Unidos”, comprenden las tres categorías arriba mencionadas. Muchos han crecido y se han formado dentro de este país. Por ende, no necesariamente estudiaron formalmente el español, y además, la cultura hispana que heredaron les llega de segunda mano. Lo que saben del idioma y de la cultura se limita inicialmente a aquello que recogieron en el seno de sus hogares y, la mayoría de las veces, aprendieron sobre algún país hispano lo que sus respectivas familias pudieron contarles. O sea, que la profundidad de sus conocimientos hispanoamericanos, si no se han hecho estudios formales del idioma y la cultura hispana, equivale al grado de educación e interés que les trasmitió el entorno familiar y lo que cada quien, en su caso particular quiso absorber, aceptar y hacer suyos. Por esta razón es un desafío poder hablar con propiedad de sí mismos y de cómo definir, a todos los hispanos, ante las demás culturas con las que se comparte a los EE.UU.

El concepto de ser hispano se hace más difícil cuando la referencia vivencial que domina nuestras vidas no es la de un país hispano; cuando el idioma que se habla en la casa pugna con el acento de otros hispanos y con el idioma que se habla en la calle; cuando las costumbres que nos enseñan nuestros padres hispanos no se avienen con las de otros hispanos; y sin embargo, los que no hemos nacido en EE.UU., aunque mucho nos pese, nos vamos dando cuenta que al pisar tierra estadounidense se ejerce sobre nosotros una delicada y casi imperceptible presión cuyo objetivo es hacer desvanecer en nuestras mentes las fronteras geográficas que alguna vez nos identificaron como cubano, venezolano, puertorriqueño, etc., para poco a poco fundirnos en esa conveniente pared o en ese bloque que los medios y entes gubernamentales en EE.UU. han querido construir para aglomerarnos a todos en un mismo saco y paradójicamente “simplificar” el estudio del fenómeno social en que nos hemos convertido: los Hispanics. Recuerdo hace muchos años, en el Miami de los ’70, cuya población hispana entonces era mayormente cubana, unas calcomanías que empezaron a verse pegadas a los guardafangos de los carros, cuando por primera vez oímos la palabra “hispano” usada para agruparnos a todos con un sesgo que no acababa de convencernos. La calcomanía advertía y reclamaba: “¡Yo no soy hispano. Yo soy cubano!” Treinta años después pienso que al que se le ocurrió la idea de crear este slogan de alguna manera había captado al vuelo lo que apenas comenzaba a sucedernos.

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