Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2010 Derechos reservados
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 10 de abril del 2004.

The Everglades

Desde que llegué por primera vez a vivir en Estados Unidos tuve la oportunidad de conocer los Everglades, ese grande y maravilloso “pantano”(1) que yace callado en el centro-sur de la península de la Florida. En Miami se usa una frase común para describir esta bellísima área y es una frase que limita su grandeza, su magnitud. Se dice “allá donde están los Miccosukees” como si fuera un lugar tan recóndito, que en realidad no amerita el esfuerzo de conocerlo. La frase se usaba mucho antes de que los nativos indígenas norteamericanos recibieran del gobierno federal el monopolio del juego lícito; mucho antes que se construyera allí el triste casino(2) que hoy en día se alza como centinela mercenario a la entrada del pantano cuando se sale de Miami hacia el oeste.

Este espacio no será para hacer un recuento del desarrollo histórico de la zona. Más bien es mi deseo dedicárselo al magnífico paisaje que cada día el pantano ofrece al que lo observa con el corazón, al que lo siente latir dulcemente, suavemente, dentro de sí, como verde corazón. No creo que haya persona que se haya enamorado de los Everglades a primera vista. Es solitario, misterioso, quizás inhóspito, húmedo, lleno de animales desconocidos que observan curiosos al que lo transita. Se necesitan muchos cruces, durante varias estaciones, a distintas horas del día, para llegar a apreciarlo y amarlo como lo amó y protegió Marjorie Stoneman Douglas, como he llegado a respetarlo y amarlo yo.

En la mañana temprano, en primavera, el pantano ofrece el verde nuevo de los cipreses que se empiezan a llenar de hojas finísimas después de desnudarse completamente durante el invierno; hay flores de color malva, que son casi imperceptibles, a no ser que el viajero detenga el auto y observe la yerba con detenimiento. Si es muy temprano y está rompiendo el día, se ven a todo lo largo y ancho, lo que parecen frágiles satélites que no son más que diminutas telas de arañas tejidas en la noche por los laboriosos animalitos para atrapar su comida, pero que sin saberlo ellas, nos permiten deleitarnos con la magnitud sinfónica de su pequeñez repetida sin fin, una y otra vez, donde se posa la vista. Los pequeños telares recogen además el tenue brillo del sol niño, y nos regalan juegos de luces iridiscentes como un kaleidoscopio mágico. Los pájaros van poco a poco poblando los árboles, sus vuelos en conjunto dando a parar en reuniones amistosas a la orilla opuesta del canal a lo largo de la carretera. Las garzas posan para el que observa, en complicado balance sobre una de sus largas patas, la otra recogida contra el cuerpo. Extienden sus alas, como si concientemente quisieran exhibir la belleza de su estilizada forma, el color y juego geométrico de sus plumas. Los cocodrilos atisban desde dentro del agua, inertes, oscuros. Si la vista no está adiestrada para reconocerlos, un hocico podría parecer una piedra cuya punta asoma por sobre la superficie verde oliva.

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Mis madrugadas

abril 14, 2010

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2010, Derechos Reservados.
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 25 de enero del 2004.

Yo casi no duermo. Y es porque desde que tuve a mis hijos dejé de dormir aquel sueño profundo, despreocupado, del cual nadie lograba sacarme. Cualquier ruido me despierta lista para la pelea. En verdad no sé lo que es dormir una mañana y tampoco entiendo que alguien se moleste porque no la puede dormir. Yo no sirvo el resto del día si duermo hasta las 7:00. Me levanto como si un duende travieso me hubiera llenado el cerebro de algodón. No entiendo ni atino a hacer las cosas con claridad. Además me parece que todo se esconde detrás de un velo. Tampoco, después que conocí un amanecer, me gusta perderme uno.

Normalmente mi día comienza a las 3:30. Este patrón lo establecí, ahora me doy cuenta, cuando era muy joven y me resigné a que era muy poco probable que me volviera a dormir después que uno de mis hijos me llamara durante la noche. En aquel entonces peleaba con el insomnio. Me batía con él en la medianoche, a las 2 de la mañana, a las tres, a las cuatro. Recuerdo que teníamos un reloj-despertador de cuerda, grandísimo y escandaloso, y en la noche silenciosa, su tic-tac resonaba en toda la casa. Mientras más tiempo pasaba despierta, mayor era la frustración porque, me parecía, era tiempo malgastado que nunca recuperaría. No importaba a la hora que me acostara, siempre dormía lo mismo: 4 ó 5 horas. Entonces un día probé a levantarme y dedicarme a alguna faena provechosa en silencio, que me entretuviese hasta que el resto de la familia despertase. Tejía, leía, veía la televisión, arropaba a los niños y deambulaba la casa como un fantasma.

Una madrugada abrí la puerta de atrás que daba al jardín de mi casa. En aquel entonces vivíamos en un Kendall todavía bucólico y menos desarrollado, de un Miami que ha dejado de ser y que sólo existe hoy en el recuerdo de los que lo conocimos antes del huracán Andrew. El jardín era una especie de bosque de pinos altísimos y muy viejos. Mis hijos pequeños solían llenar de risas los espacios entre los árboles cuando salían a jugar. Parecían ardillas azoradas corriendo de aquí para allá. Pero ahora era madrugada plena y desde el umbral de la puerta, el exterior oscuro me brindaba una invitación para que saliera a acompañarlo. Nunca antes, desde luego, se me había ocurrido hacer eso, por aquello de la oscuridad y la soledad de las 3 de la mañana, por los cuentos de fantasmas y aparecidos. Sin embargo, sentí que algo me empujaba a salir.

Puse un pie en la hierba y después puse el otro y me quedé allí parada mirando la intensa negrura misteriosa. Me atreví a seguir caminando y a medida que me iba adentrando en la oscuridad, me di cuenta, para mi sorpresa, que la noche estaba completamente despierta, igual que yo. Se oía el llamar de las lechuzas, las ranas croando, los chillidos de los grillos, frotando como con delicia, sus patas delanteras, un pajarito insomne, trasnochado como yo, la hilera de hormigas disciplinadas, en fila india con su tesoro robado francamente anunciado, viajando sobre sus cabezas, el viento batiendo entre las hojas de los árboles. La humedad ya había hecho su labor de regar el rocío diminuto entre la hierba, sobre las malangas, los helechos, las cayenas.

Fui cogiendo confianza y de pronto me vi parada en el centro del jardín tomando sorbo a sorbo toda aquella maravilla que sucedía mientras los demás dormían. Miré hacia arriba y allí me esperaba el espectáculo de un cielo maravilloso cuajado de luceros parpadeantes. Estaban tan cerquita de mí que quizás si hubiera extendido la mano los hubiera podido alcanzar. Poco a poco, se fue tornando la noche oscura en noche plateada. Por detrás de la línea de los pinos fue surgiendo una luz etérea que iluminó el pinar callado. Yo fui buscando de dónde venía la luz extraña y a los pocos minutos vi escaparse, por detrás de una nube ladrona, el filo superior de un disco blanquísimo que fue segundo a segundo alcanzando altura en el cielo, faro de luna. La noche ya no era oscura, ya no era negra, ya no era misteriosa. Todo brillaba como si fuera mañana tempranera bajo la luz de aquella luna.

No sé cuanto tiempo contemplé el momento. No sé cuánto agradecí aquella soledad, aquella luz, aquella comunión con la naturaleza que me estaba dando la oportunidad de admirarla y hacerla parte de mi vivencia. Debe haber pasado un largo rato porque contemplé a la luna navegar un tramo de su viaje sideral, hasta encontrarse con el aclarar del día y por falta de contraste, desaparecer de mi vista. Sentí unas pisadas ligeras detrás de mí, y al volverme, vi a mis cuatro hijos con el sueño aún entre las pestañas, mirándome desde la puerta abierta del jardín. El día ya comenzaba para ellos…

Las hallacas venezolanas

diciembre 3, 2009

¡Feliz Navidad!

Por Hilda Luisa Díaz-Perera.
2009 Derechos Reservados

(Ver recetas al final)
Quiero agradecer a toda la familia venezolana de mi esposo que es también la mía, a mis amigos venezolanos en EE.UU. y a los que ya tengo después de nuestra mudada a Venezuela, por darme la oportunidad de conocer sus costumbres, sus comidas, su música, su forma de vida y tradiciones. También quiero dar las gracias a esas personas que no conozco, pero cuya gentileza de publicar sus videos en youtube.com, me permite ofrecerle a mis lectores ejemplos visuales de los platos venezolanos que aquí incluyo.

Desde que era muy pequeña, mis padres, gracias a Dios, me inculcaron el respeto y la curiosidad por las manifestaciones culturales de todos los pueblos. Esta disciplina, que cuando llegamos a EEUU incluía levantarnos a mi hermano y a mí a las 6:30 de la mañana para leer una dosis de poesía o prosa martiana antes de salir para el colegio, fue fuertemente combatida por nosotros dos que protestábamos todos los benditos amaneceres, porque como es natural, leer a García Lorca, a José Martí y a Nicolás Guillén no era precisamente lo que queríamos hacer a esa hora de la mañana. Digo gracias a Dios, porque de ahí pasé a graduarme de la universidad con una especialidad en estudios hispanoamericanos y luego seguí a sacar la maestría en la misma disciplina. Lo que nunca me imaginé fue que a medida que pasaran los años ese deseo de conocer las costumbres de otros seres humanos, especialmente las costumbres de los latinoamericanos, se pudiera ampliar en un país como EEUU, que en mi época de universidad todavía era un país muy homogéneo y étnicamente aburrido.

Mi primera visita a Venezuela fue una explosión de maravillosas experiencias, porque coincidió con las Navidades que los venezolanos celebran sin complejos ni limitaciones, disfrutando cada segundo de la estación, y que normalmente comienza alrededor del 18 de noviembre, fiesta patronal de la Virgen de La Chinita. En esa visita, mi esposo Nelson me traía loca llevándome de aquí para allá, presentándome a amigos y familiares, y con ese cuento me recorrí casi toda Venezuela: Caracas, los Andes, las playas, Maracaibo, Valencia, Coro, Maracay, y bueno, el disloque, ya que después que terminábamos el día él me sentaba con sus padres o sus tíos dependiendo de dónde estuviéramos, y a modo de examen, para que vieran todo lo que yo había visitado ese día, decía muy ufano: “¡Cuéntales, cuéntales lo que viste hoy!

Entre las cosas que más me impresionaron fue la preparación de las hallacas. Yo había probado el delicioso nacatamal nicaragüense que, al menos los nicas que viven en Miami, usualmente lo saborean los sábados para el desayuno, pero no conocía la hallaca venezolana. Tampoco tenía noción de lo que implica hacerla. Cuando nos invitaron a ayudar a prepararlas en casa de unos amigos de Maracaibo, me llamó la atención que la visita comenzara a las 10 de la mañana. ¡No me imaginé nunca que el bonche duraría todo un día!

En Venezuela, la hallaca se le atribuye a los esclavos que, para sus propias comidas, según la tradición, guardaban las sobras de sus amos, las envolvían primero en masa de maíz y luego en hojas de plátano. Sin embargo, la realidad histórica de la experiencia culinaria americana continental es que los “paquetes” de masa de maíz existían en este hemisferio mucho antes de la llegada de los africanos ya que existen huellas de su presencia en la dieta de pueblos nativos como los aztecas, los mayas, y los incas, al igual que otros menos conocidos, que datan de entre 7000 a 5000 años A.C. O sea, que posiblemente, fueron ellos los que cocinaron por primera vez esta comida que llamaban tamalii y que se preparaban como ofrendas para sus dioses.

Según los historiadores, la palabra “hallaca” o “hayaca” quiere decir “paquete”. La hallaca es el pasado, presente y futuro de la comida navideña venezolana. La hallaca va más allá del paquete de masa de maíz. En diciembre, la salud de la economía de Venezuela se mide con el costo de los ingredientes de la hallaca normal. Cada año, hay segmentos en la TV que computan el costo promedio por hallaca y cuestionan si este plato de origen supuestamente humilde podrá ser consumido por los humildes. La hallaca es indispensable en la cena de Nochebuena venezolana y a través de todo el país no se concibe el mes de diciembre sin este plato tan popular, de importante tradición nacional. La familia entera se reúne para preparar las hallacas ya que cada quien tiene una responsabilidad en su confección. Si la familia invita a un amigo a compartir el día, el amigo debe sentirse especialmente honrado ya que es prueba del afecto que dicha familia siente por él. Las reuniones están llenas de recuerdos, comida y canciones. Los clanes familiares se enorgullecen de tener cada uno su “receta milenaria” y “especial” que no comparten con nadie, receta que produce hallacas particularmente sabrosas y desde luego “únicas”, gracias al misterioso secreto culinario legado por una anciana abuela o tía y de generación.


Video: Amarrando las hallacas

La variante en la hallaca es su contenido, que va cambiando de región en región, pero que en general incluye cerdo, pavo, pollo, jamón, pasas, aceitunas, huevo, aceite, cebolla, ajo porros, cebollín, alcaparras, pimentón rojo, ají criollo dulce, encurtidos en mostaza, vinagre, y sal, el consomé de las gallinas para el guiso, tocino, y hasta garbanzos en la region de los Andes. La masa se tiñe con el color anaranjado que destilan las semillas de onoto. Después de amarrarse con fino hilo de soga o mecate, los “paquetes” se sumergen en agua hirviendo para terminar de cocinarlos. Y no se hace ni una, ni dos, ni tres hallacas, no. Al final del día pueden quedar hechas más de un ciento, que se van consumiendo durante la temporada navideña, y se ofrecen al visitante o al amigo que pasa a saludar. En Nochebuena, las hallacas se acompañan con el inigualable pan de jamón, la ensalada de gallina y el pernil. Si tienen algún amigo venezolano, no pasen por alto la oportunidad de probar este exquisito ejemplo de la cocina folclórica de Venezuela.

¡Felicidades!

Recetas:

Hallacas/Hayacas

Hallacas

Pan de jamón

Pan de jamón

Ensalada de gallina

Ensalada de gallina

Ponche de crema

Ponche de crema (Venezuela)

Hallacas
Pan de jamón
Ensalada de gallina
Ponche de crema 1
Ponche de crema 2


Nostálgico video de Maracaibo.

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos Reservados.

Una de los pueblos más alegres y desenfadados que conozco es la gente de la ciudad de Maracaibo en Venezuela. Los llamados maravinos/marabinos* o más populacheramente hablando, “los maracuchos”, son gente abierta, amistosa, jaranera y como dicen en Venezuela “echadores de cuentos”. ¡Cómo serán, que entre ellos mismos dicen que “maracucho bueno se muere chiquito”! Para los que no somos de allá, aprender a tratar con maracuchos significa que hay que “estar mosca”, o ser rápidos como relámpagos porque el humor que despiden es veloz, dinámico y envolvente.

Aunque el maracucho siempre está de fiesta, y como costeños y gente de puerto llevan una sonrisa en los labios, y son abiertos y hospitalarios en todo momento, no hay época del año más bullanguera que la época que comenzaba el 18 de noviembre, día en que los maracuchos le celebran el cumpleaños a su Santa Patrona, la Virgen del Rosario de Chiquinquirá, también conocida por el pueblo como “La Chinita”. Y digo “comenzaba” porque en estos tiempos se anticipa desde septiembre, prolongándose casi hasta carnavales en febrero, porque el venezolano, muy presto a divertirse, no tiene remilgos para empatar las celebraciones de La Chinita con Navidad, Fin de Año y Carnavales en un gran fiestón),

La Chinita-Virgen del Rosario

La Chinita

A la Virgen del Rosario de Chiquinquirá se le llama cariñosamente “La Chinita” porque es una virgen indígena, y tiene los ojos achinados, como los tienen los indígenas de La Guajira, asentados a través de los siglos en esta región. El 18 de noviembre, es costumbre empezar oficialmente los festejos en Maracaibo con la muy esperada “Feria de la Chinita”. También se celebra el “Amanecer Gaitero”, una especie de maratón o competencia donde se miden las agrupaciones musicales que se dedican a interpretar “gaitas”. Al final de la larga jornada, se escoge y premia a aquélla que el público considera ha presentado la mejor.

La gaita es un ritmo regional oriundo, de la zona oriental del Lago de Maracaibo, Estado Zulia. Porque existen muchas teorías, se hace difícil poder precisar el origen exacto. Su base es indiscutiblemente africana, y aunque un tanto diluida, debe también tener un recuerdo no lejano de las fiestas gaiteras provenientes de las provincias españolas de Asturias, Galicia y Vizcaya.

Al principio, la gaita se interpretaba a partir de la Fiesta de La Chinita hasta pasado Día de Reyes en enero y solamente en las regiones arriba mencionadas. Pero su ritmo alegre y vivaz fue superando no sólo las limitaciones de la estación tradicionalmente prescrita y las barreras sociales, sino también las fronteras del Lago de Maracaibo hasta apoderarse de todo el país. Hoy en día, una visita a Caracas en Navidad es testimonio de la popularidad de la gaita ya que no hay lugar nocturno en esa ciudad capitalina que no tenga a su entrada algún anuncio que lea: “Gaitas esta noche” con Gran Coquivacoa, Los Cardenales del Éxito, o Barrio Obrero para nombrar sólo tres de las agrupaciones tradicionales. Tanto es así, que me he encontrado en Caracas, y he visto anunciadas las tres agrupaciones en el mismo lugar a distintas horas y luego el mismo anuncio en otros centros nocturnos. En ningún artículo sobre la gaita se puede dejar de comentar el aporte agresivo e innovador de una agrupación que si cautiva al pueblo, nos deja boquiabiertos a los que somos músicos, y me refiero a la inconfundible Guaco.

Por mucho tiempo las gaitas se vieron limitadas, como también lo fueron otros ritmos con el mismo origen afroide, entre los cuales se encuentra el tango**, el merengue, y las congas cubanas, por considerarse de clases sociales “inferiores”, más precisamente por ser vistos como una manera de diversión de la raza negra. Sin embargo, al igual que éstos, la gaita, con su contagioso ritmo, fue poco a poco ganando espacio emocional en todos por igual y hoy en día puede decirse que no existen niveles sociales a la hora de bailarlas, cantarlas y disfrutar de ellas. ¡Qué bueno!

La gaita además de ritmo, es una actitud, es una canción navideña, o de protesta, o para la virgen; es un baile, es una fiesta, es una orquesta, y es el espíritu de alegría que invade todos los rincones del país en diciembre. No hay navidad en Venezuela sin gaita, sin gaiteros, sin el run-run ronco y quejumbroso de los furrucos, sin el redoblar agresivo de las tamboras que logran aparejar los corazones a su ritmo hipnotizante, sin el aleteo del cuatro que va bailando el ritmo en sus cuerdas,  sin la charrasca chismosa que va dándole su apoyo percusivo a las maracas con su voz chillona y enervante.

Las gaitas cubren en su contenido temas con mensajes políticos (La grey zuliana, Aló, Presidente), mensajes satíricos (La computadora) y desde luego temas de orgullo regional (Sentir zuliano, Orinoco), retratismo de folklore (La moza, Negrito Fullero), así como también temas religiosos, sentimentales y otros por pura jocosidad como lo es el contenido de la Gaita Onomatopéyica. Como ya hemos mencionado, los grupos gaiteros incluyen instrumentación que es también autóctona de la región y que son específicos de las gaitas.

En mi caso particular empecé a conocer la gaita como género musical a través de mi esposo maracucho y la primera que escuché fue La moza. Poco tiempo después Tío Antonio, el hermano de mi suegro, en una navidad que pasamos en Caracas, me regaló dos casetes de aquéllos que había antes que parecían de nunca acabar y que él mismo se tomó el trabajo de grabarme con todas las gaitas que son de rigor conocer.  Tío Antonio murió hace unos años, y en su forma sencilla de patriota maracucho, de alguna forma dejó su legado musical en mí, que no soy venezolana, ni zuliana, ni  “maracucha”. Sin embargo, la gaita encontró terreno fértil en mi alma y en mi corazón de buena maravina/marabina “re-encauchada” y no tengo palabras suficientes para explicar lo que siento cuando voy a Maracaibo y empiezo a pasar el puente… ¡Bendiciones y Felices Fiestas!

*He buscado la ortografía de este gentilicio y al menos en el internet aparece de las dos maneras. Si usted que lee este artículo me puede sacar de la duda, de antemano le doy las gracias. Abajo me puede escribir un comentario.

**Antes de escribirme para decirme que el tango no tiene orígenes africanos, por favor investigue a profundidad.

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos reservados.

Hace unos días, asistí a una reunión de periodistas hispanos durante la cual surgió un animado debate sobre el uso de las palabras “hispano” o “latino”. Después de escuchar los puntos de vista expuestos informalmente durante la velada, algunos sorprendentes y casi todos llenos de una indiscutible carga emocional, me retiré ya entrada la noche a rumiar las muchas definiciones que había oído con respecto a quiénes somos. Me di cuenta que tenía entre mis manos casi tantas definiciones de ambas palabras como el número de invitados en aquella tertulia. También era innegable que “hispano” y “latino” en su uso o mal uso, habían adquirido en los EE.UU. con el transcurrir del tiempo, nuevos niveles o “tonalidades” de significados que se habían ido filtrado y albergado en estas palabras, que ambas, cada día con más frecuencia, imponen los límites de lo definido a nuestra identidad y nos “adjetivizan” equivocadamente. Me pregunté si mis amigos periodistas habrían coincidido conmigo, si habrían entendido la enorme tarea que con respecto a la comunidad hispana se despliega ante todos nosotros los que usamos los medios para comunicarnos, especialmente cuando se trata de personas que trabajan escribiendo en inglés y español, y cuya pluma podría influir el pensamiento de tantos lectores.

¿Cómo definir qué es un hispano?, o lo que es un tanto más difícil, ¿qué es un hispano en EE.UU.?, y más complejo aún, ¿qué es un hispano-estadounidense? La diferencia entre estos tres grupos de hispanos puede ser invisible para el que observa superficialmente. Y desde luego, el tema es tan extenso que no podría pensar cubrirlo a fondo en un artículo. Es sustancia para un muy extenso estudio sociológico. Por eso sean estas observaciones apuntes “a grandes brochazos” que quizás sirvan para avivar el interés de algún investigador.

Los llamados “hispanos de Estados Unidos”, comprenden las tres categorías arriba mencionadas. Muchos han crecido y se han formado dentro de este país. Por ende, no necesariamente estudiaron formalmente el español, y además, la cultura hispana que heredaron les llega de segunda mano. Lo que saben del idioma y de la cultura se limita inicialmente a aquello que recogieron en el seno de sus hogares y, la mayoría de las veces, aprendieron sobre algún país hispano lo que sus respectivas familias pudieron contarles. O sea, que la profundidad de sus conocimientos hispanoamericanos, si no se han hecho estudios formales del idioma y la cultura hispana, equivale al grado de educación e interés que les trasmitió el entorno familiar y lo que cada quien, en su caso particular quiso absorber, aceptar y hacer suyos. Por esta razón es un desafío poder hablar con propiedad de sí mismos y de cómo definir, a todos los hispanos, ante las demás culturas con las que se comparte a los EE.UU.

El concepto de ser hispano se hace más difícil cuando la referencia vivencial que domina nuestras vidas no es la de un país hispano; cuando el idioma que se habla en la casa pugna con el acento de otros hispanos y con el idioma que se habla en la calle; cuando las costumbres que nos enseñan nuestros padres hispanos no se avienen con las de otros hispanos; y sin embargo, los que no hemos nacido en EE.UU., aunque mucho nos pese, nos vamos dando cuenta que al pisar tierra estadounidense se ejerce sobre nosotros una delicada y casi imperceptible presión cuyo objetivo es hacer desvanecer en nuestras mentes las fronteras geográficas que alguna vez nos identificaron como cubano, venezolano, puertorriqueño, etc., para poco a poco fundirnos en esa conveniente pared o en ese bloque que los medios y entes gubernamentales en EE.UU. han querido construir para aglomerarnos a todos en un mismo saco y paradójicamente “simplificar” el estudio del fenómeno social en que nos hemos convertido: los Hispanics. Recuerdo hace muchos años, en el Miami de los ’70, cuya población hispana entonces era mayormente cubana, unas calcomanías que empezaron a verse pegadas a los guardafangos de los carros, cuando por primera vez oímos la palabra “hispano” usada para agruparnos a todos con un sesgo que no acababa de convencernos. La calcomanía advertía y reclamaba: “¡Yo no soy hispano. Yo soy cubano!” Treinta años después pienso que al que se le ocurrió la idea de crear este slogan de alguna manera había captado al vuelo lo que apenas comenzaba a sucedernos.

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Moral y Cívica

septiembre 29, 2009

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos Reservados.
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 10 de febrero del 2004.

Cuando era pequeña recuerdo que una de las asignaturas obligatorias que debíamos estudiar en la escuela era algo que nos llegaba en el contenido de un libro que tenía por título “Moral y Cívica”. Todavía me parece estar viendo las letras que formaban dos palabras que yo no comprendía. A esa edad no tenía la menor idea qué era “moral”, mucho menos “cívica”. Sólo sé que los libros de Moral y Cívica me persiguieron desde el primer al sexto grado y que cada año debíamos aprender sobre comportamiento, higiene y urbanidad. Claro, eso lo entiendo ahora, pero cuando era niña, me aburría que en el colegio existiera una clase donde me enseñaban a saludar correctamente a los demás, que a las personas mayores se les debía respeto, que tenía que lavarme los dientes todos los días y las manos siempre antes de comer, dormir ocho horas para estar descansada y alerta, cuidar y respetar la propiedad ajena o pública para estar orgullosos de lo que era patrimonio nacional. Digo que me aburría porque en mi casa, con mis padres, aquellos reglamentos eran el pan nuestro de cada día. Recuerdo que mi padre no nos dejaba mascar chicle, porque, decía: “¡Parecen chivos!”, y cuidadito que a mi hermano o a mí se nos ocurriera tirar algún envoltorio de caramelo o alguna servilleta usada en la acera: “¿Para qué están los basureros?”, repetía.

Traigo esto a relucir porque un amigo de hace muchos años me llamó consternado para contarme un incidente que presenció en un supermercado local. A su lado, en la sección de carnes, un muchacho joven hispano atravesó con su uña el celofán que cubría un paquete de solomo para asegurarse que estaba tierno. Luego, en vez de llevarse el paquete mutilado, escogió otro y dejó allí el paquete medio abierto para que otro comprador lo llevara o para que la tienda lo tuviera que re-envolver. Mi amigo sintió vergüenza por el comportamiento del joven y sobre todo, me dijo, porque era hispano. Lo siguió con el paquete abandonado y lo encaró increpándole: “Bueno, anjá y ¿ahora qué? ¿Vas a dejar esa paquete, ¿para quién? ¡Chamo, mira, tú lo rompiste, tú te lo llevas!” Mi amigo me contaba su enojo y yo le sentía la respiración aún entrecortada por la pena ajena que había sufrido: “¿Sabes lo que pasa? ¡Que por el comportamiento de unos cuantos nos juzgan a todos y no nos respetan! ¡Después nos acusan de ser hispanos y nos estereotipan! Venimos de nuestros países, que hemos echado a perder, y llegamos aquí creyendo que podemos llevar esa misma vida de falta de responsabilidad cívica. Si echamos a perder éste país, ¿a dónde nos metemos?” Coincidí: el gentilico hispano se había convertido en una acusación.

Esta anécdota me remontó a mis innumerables viajes por Estados Unidos donde existen importantes comunidades hispanas y, desdichadamente, el recuerdo de lo que he visto agudiza el dolor que le sentía en la voz a mi amigo. Me pregunto, ¿por qué sucede que dondequiera que hay una concentración de hispanos, las calles están más sucias y llenas de desperdicios, las bodegas se mantienen con ese olor rancio nauseabundo, y los avisos en español compiten amontonados en las vidrieras al punto que el cliente no tiene tiempo para leerlos? No me digan que es porque las comunidades hispanas son más pobres. La pobreza no está reñida con el buen comportamiento, con el respeto, con la limpieza, con el orgullo de mantener la propiedad pública, bonita y atractiva a los ojos de todos. No se debe pensar que porque los políticos en EE.UU. nos han descubiertos como votantes se afanan en su desespero por captar nuestros votos, a través de sus discursos demagógicos, ya tenemos vía libre para comportarnos como niños malcriados.

Es una verdad insoslayable que la comunidad hispana de Estados Unidos crece a un paso que nos convertirá en el grupo minoritario más importante. Debemos entender la enorme responsabilidad que esto implica: que como sub-grupo cultural conformamos una gran nación hispana dentro de este país, mayor aún, en muchos casos, que las poblaciones de varios países latinoamericanos; que la actitud negativa y el comportamiento delictivo de unos cuantos se refleja en todos; que del esfuerzo por avanzar cívicamente, a nivel social, se nutrirá la gran familia hispanoamericana de la cual somos miembros todos.

Hace un siglo José Martí escribió de nuestra América Latina: “Los talentos están hoy como esos granos de oro que llevan los ríos, los cuales necesitan sólo, para masa rica y de valor sorprendente, que se evaporen las aguas turbias que los arrastran.” Es una verdadera lástima que nuestros granos de oro se empañen por las aguas turbias que son producto de la ausencia de la “moral y cívica”.

By Hilda Luisa Díaz-Perera, 2009 All Rights Reserved. Written in Margarita Island, July 5th 2008.

I knew it was the 4th. Yesterday had been the 3rd, so I was positive today was the 4th. It was Friday, and it was the fourth, because the stock market was dutifully closed. It didn’t matter that the dollar was plunging, that oil and commodities were swinging wildly out of control, that there were thousands of people losing millions of dollars. It didn’t matter that more than 6 million families had lost their homes. The United States had come to a standstill for its annual 4th.  I thought about the American Embassy in Caracas and regretted I had not yet registered there. They were probably hosting a celebration for American citizens living in the capital. The thought came to me that I should establish some sort of an association in Margarita Island to bring together those of us who are living here. It would be nice, I thought, if we could gather for national celebrations, like today, or maybe Thanksgiving; we could help each other find American-like products in the island or maybe those who travel to the States could bring back some of those things we take for granted there that are not available, not produced, or even known here, like my French Gourmet Folgers coffee and my specially roasted Pilón Cuban coffee; we could meet every other week and maybe have a sing-along. I couldn’t explain why today my vocal chords had locked themselves on the words of Home on the Range quietly singing them away in my throat. We might also go to the beach for a bonfire with hot dogs (here, mostly German or Polish wieners) and no marshmallows. I thought about it for a minute, mentioned it to my husband and decided to file the idea away. Maybe some time down the road, when I was finally settled in Margarita. There were too many things I still needed to do, before allowing my altruism to get the better of me.

The day had started out very early as it usually did for me: I had brought the dog down and taken him to the yard where he began to bark back at another invisible barking dog hiding somewhere in the dawn’s early light. I had had my breakfast, not with my American Folgers, since I had had no time before I left the States to go to Publix and buy some to bring with me. It had been the first item on my To-Do list that last day, January the 17th of 2008, and yet it never got done, there were so many last minute more important details to attend to. The 4th unfolded slowly and uneventfully. My husband had sold our lawn mower tractor because now we did not own 3.8 acres in Naples anymore. We had a small 25 x 25 patch of green and a regular mower would do. He had set off to Puerto Ordaz to deliver the tractor to the new owner. He would be gone for two days. I sat down at my sewing machine and got busy with the kitchen curtains I had to finish. The 4th faded slowly away into the stitches, the minutes, the hours, the solitude and the barking dog and my cat Maggie rubbing her body against my feet and purring heavily, demanding attention. Home on the Range had survived my busy-ness and indeed, the skies had not been cloudy all day.  It was 5 pm already. The phone rang. My husband was calling with the news that he would not be traveling to Puerto Ordaz after all. The customs officers had told him that the paperwork was perfect and that the flatbed could go onto its destination without him. I was so thankful! Our home had been broken into twice in less than a month so the prospect of being alone did not make me happy. “Hurry home,” I said and hung up. The phone rang again. It was my oldest sister in-law’s husband. So that I would not be alone that evening, he and his wife were inviting me to dinner at a wonderful restaurant in Playa El Agua, that stands right on the sand by the shoreline. Playa El Agua is a tract of sandy, open beach about 4 kms long. From the restaurant, you can see the wide expanse of ocean coming at you, and your ears become full of the sound of the waves. I told them about my husband’s change of plans, and that he would be joining us there.

When we arrived it was early for Venezuelan dinnertime, so the restaurant was empty except for the long table at the back where there were more than 20 people, all family, awaiting us. Everyone got up in unison and went into the Hispanic greeting frenzy of kissing and re-kissing and hugging each other. All of a sudden the greeting stopped, as in the musical chairs game when the music is turned off. Everyone scrammed to their chairs. Two were free, and before I knew it, my husband and I were sitting facing the massive, huge grey ocean. Today, you could see row after row of long advancing waves landing at the shoreline, smoothly and softly, with no effort, like a child sent by its mother to have some cookies from the jar. The ocean looked like molten lead coming from the horizon, turning into water hills, moving heavily, surely, driving itself into the sand in splashes of white foam. It reminded me of something that I couldn’t exactly place. I kept watching the rows of water, the grey. I ordered from the menu. And still the waves reminded me of something I had seen. Home on the Range still hugged my chords and sang itself into my ears, a lonely song. I thought of my children who I knew were celebrating together in Tampa, at the beach. Then I thought of the War Memorials in Washington D.C. I could see the oversized statues of the American soldiers at the Korean War Veterans Memorial, shining eerily silver grey under a full moon. From there my mind jumped to the dark grey of the Vietnam Veterans Memorial contrasting with the myriad of bright flowers left daily by the dead soldiers’ family members. The waves were still thrusting at me, but now the ocean was not empty. It was swarming with US Navy boats full of men heading toward the shore, there were soldiers with rifles held above the water and I could hear the cries, the bullets sizzling by and the explosions that gradually took over the space of Home on the Range until I could not hear it any longer. Had I seen this in Washington D.C.? No, this was D-Day playing itself out for me in this distant grey ocean on an overcast early evening! I felt my eyes welled with tears. I fought the heaving knot in the middle of my breast and turned around to my youngest sister-in-law’s Cuban husband at the opposite end of the table. He designs cars for Ford and he and his family are settling in Brazil for his three-year stay at the Brazilian Ford Headquarters. Of those present, the two of us had held American citizenship the longest. “Ralph!” I said raising my margarita glass, “Happy 4th!” He raised his beer bottle and, with a proud smile on his face, returned: Happy 4th! His Cuban-Venezuelan-American children looked up, raised their Cokes and piped together: “Happy 4th”; then my second youngest sister-in-law, a twin who lives in Atlanta and is married to one of the news editors of Spanish CNN, and her two Venezuelan-American daughters chimed in: “Happy Fourth! We all laughed, and then the laughing subsided and there was silence. I went back to my conversation with my oldest sister-in law, but I couldn’t recapture its thread. In the background, with the crashing waves, I could hear a young squeaky voice singing by itself, something I did not recognize. I could not distinguish the words; I could not recognize the distorted melody sung off key. Another voice joined in and then another older voice that made the words understandable and gave affirmation to the wavering childlike melody: …“By the dawn’s early light…,” I thought I heard. Then my twin sisters-in law joined the improvised but now solid choir: “Whose broad stripes and bright stars…;” then the girls: “And the rockets’ red glare.…”  By then, my husband and I were singing loudly and proudly: “For the land of the free, and the home of the brave!” When I finally remembered we were in the restaurant, I looked around and half our table was standing up, hands on our hearts and teary-eyed. So were the tables around us: Happy 4th! Happy Venezuelan 4th!