¡Gracias Chávez por devolverme mis Reyes Magos!

enero 17, 2011

Por fin, después de muchas vueltas y anticipación, nos metíamos en la cama con los abuelos que dormían en camas separadas porque mi abuelo tenía su cama especial para ayudarlo con sus problemas cardiovasculares. Además, aunque teníamos un sofá-cama en la sala muy amplio y cómodo para nosotros, esa noche misteriosa en que sabíamos iban a entrar a la casa seres buenos y maravillosos, pero desconocidos, ¡no era para dormir solos!, porque si los Reyes hacían algún ruido y sin querer nos despertaban, desaparecerían rápidamente sin dejarnos nada. Eso nos decían los abuelos, pero los abuelos nos querían bien dormidos para poder ellos seguir fabricándonos el ensueño.

A la mañana siguiente, nos despertaban felices: “¡Vamos, arriba, que ya llegaron los Reyes, ya llegaron los Reyes! Mi hermano y yo salíamos disparados, no al arbolito sino a la puerta de la casa: “¡Mira, mira se comieron toda la yerbita! ¡Venían hambrientos los camellos, pobrecitos! ¡Mira, no quedó agua, se la tomaron toda!” Allí habían estado comiendo los camellos, allí habían descansado. Seguro que se habían echado sobre el césped mientras esperaban el regreso de sus dueños. Era una sensación inigualable reconocer las huellas de su paso por el jardín de la casa de mi abuela. Satisfechos, regresábamos a inspeccionar los cafés con leches y las tostadas que desde luego mi abuela y mi abuelo habían consumido. Los platos vacíos con restos de migas de pan atestiguaban la presencia de los Reyes Magos dentro de la casa durante la madrugada. Yo no cabía en mí de la felicidad, de la certidumbre, ¡otro año más que podía palpar la existencia de los Reyes Magos! Ya podría refutarle sin duda alguna a mis incrédulos amiguitos en el colegio, que insistían en que los Reyes eran una gran mentira, que los Reyes eran sus padres o sus abuelos, porque ellos se habían quedado despiertos, muy callados y los habían visto poner los juguetes debajo del arbolito. “¡Qué tontos! ¡Seguro lo habían soñado!”, pensaba yo.

Mi marido se ha despertado: ”¡Feliz Día de Reyes!”

Fresco del sueño, está ajeno a la lluvia, a la falta de electricidad, a la falta de agua, a los animales hambrientos. Está ajeno a que no estoy a su lado en ese momento, sino que tengo ante mí la casa de mis abuelos, el arbolito del año ’59, los restos de café con leche de los Reyes Magos y las huellas de los camellos en el portal de la casa. Me quiero aferrar al instante y que no se quiebre el encanto. Llega hasta mí a través del tiempo, el aroma del café recién colado de mi abuela, engañando a mi nariz que todavía no ha percibido el olor a humedad…

Regreso poco a poco al presente desde mi Jerusalén perdido: “¡Feliz Día de Reyes!”

Nunca hubiera sospechado que esa sería la última Noche de Reyes que pasaría con mi abuelo, porque con su muerte ocho meses después, ya no volvimos a celebrar esta fecha en su casa. No recuerdo qué me trajeron los Reyes Magos aquel año, pero sí recuerdo la felicidad ingenua y pura de ser aún niña inocente, de haber sido tocada por algo mágico y maravilloso, del amor y el cariño protector de mis abuelos, y desde luego, de los Reyes Magos y sus camellos que habían viajado desde muy lejos, para cumplir conmigo. ¿Cómo sospechar que nuestra forma de vida desaparecería por completo en el término de dos años?

No sé si será por fuga o por contraste, pero gracias a Chávez, a la falta de electricidad, a la falta de agua, teléfono e internet, a las lluvias interminables, al calor que ahora siento, al olor a humedad que ya me ahoga, ¡hoy he vuelto a vivir mi Día de Reyes de 1959!

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