¡Gracias Chávez por devolverme mis Reyes Magos!

enero 17, 2011

El 6 de enero, Día de Los Reyes Magos, Isla de Margarita amaneció bajo un aguacero temible. Los perros, protestando, le ladraban incesantemente al agua incesante. Me levanté de la cama y en pocos segundos pude darme cuenta que no teníamos electricidad, por ende no teníamos teléfono, ni teníamos internet, ni funcionaban los aires acondicionados, ni los televisores. Tampoco había agua, pero sí nos entraba la lluvia por debajo de la puerta de la cocina y por dos o tres goteras que los interminables aguaceros de noviembre y diciembre habían taladrado en nuestros supuestamente recién arreglados techos. A tientas le preparé las comidas a los animales y volví al cuarto cargando dos cubos (baldes para los venezolanos) de agua de la cisterna para los baños del segundo piso. La habitación estaba callada. Mi marido respiraba rítmicamente. Lo arropé con cuidado y me tendí sobre las almohadas. Halé por mis improperios cubanos para maldecir todos los inconvenientes que se nos habían alzado desde nuestra llegada a la isla. Pensé que la temperatura del cuarto estaba subiendo, que la humedad perniciosa en unos minutos más se apoderaría del ambiente y esparciría su peculiar olor a mi alrededor y sentí el cosquilleo que producen sus alérgenos en mis sensibles cornetes ya preparándose para procurarme estornudos en secuencia; pensé que ni en Día de Reyes escampaba ni la lluvia ni los problemas; que cómo era posible que este hombre que dormía a mi lado pudiera estar tan tranquilo e indiferente a lo que yo estaba sintiendo, y por allá, por el fondo de mi mente, poco a poco se fue levantando, se fue reproduciendo una realidad vivida hacía tantos años que no era posible, que en estos momentos, surgiera de mí para volvérseme a regalar un mismo Día de Reyes, cincuenta y dos años después.

Los Reyes no se esperaban en mi casa, sino en casa de mis abuelos paternos que eran españoles. Mi hermano y yo, ya enpiyamados, salíamos al terreno baldío que estaba al lado de la casa de nuestros abuelos para cortar yerba fresca que le dejábamos a los camellos, que seguro vendrían hambrientos y cansados de un viaje tan largo por el aire desde Jerusalén. Yo no tenía ni la más remota idea de dónde estaba Jerusalén. Pero el nombre era sonoro y exótico: Je ru sa lén. Teníamos a mis abuelos al borde de la locura: “Abuela, ¿tú crees que se acuerden de nosotros?” “Abuelo, ¿ellos saben dónde está Cuba? ¿y si no la ven y pasan de largo?” “Abuela, ¿cómo traen tantos juguetes para tantos niños en tres camellos?” “Abuelo, ¿los Reyes habrán recibido mi carta?

Mi abuelo, para desviarnos la atención, nos recordaba que también había que dejar agua para los camellos. Y yo, queriendo congraciarme con Melchor, Gaspar y Baltazar le sacaba las cazuelas a mi abuela y les preparaba café con leche con la ayuda de la sirvienta que encendía el fogón de gas y bajaba de los estantes las tazas y platos para que quedaran bien servidos, con azúcar, servilletas, cucharitas, y pan tostado con mantequilla, que era como le gustaba a mi abuela. Al rato, después que nos habían permitido darle rienda suelta a las esperanzas y sueños de niños, los abuelos nos advertían: “¡Si no se van a dormir, los Reyes siguen de largo!”

Yo hacía una última revisión: el arbolito estaba encendido, la yerbita estaba apilada para que los camellos la pudieran ver y comer en cuanto llegaran a la puerta de la casa. Abuela había sido tajante: “¡No quiero que los camellos se me metan en la casa, no señor, que seguro vienen con el polvo del camino y me van a estropear los pisos y los muebles!” Los cafés con leche humeaban, las tostadas me daban envidia y ganas de comérmelas yo, así es que, me dije, deben que estar muy buenas y sabrosas. Las cartas resaltaban bien sobre las ramas del arbolito, para asegurarnos que por si acaso, por si las dudas, para que no se les olvidara nada, allí podían leer qué era lo que mi hermano y yo pedíamos este año, además de las promesas de buen comportamiento para el nuevo año y desde luego, desearles feliz viaje a Estados Unidos, que no sé por qué, para mí era el lugar lógico hacia donde los Reyes debían seguir en su recorrido, ¿no?, desde luego, después de dejarles sus juguetes a todos los niños cubanos.

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