¡Auxilio! ¡Están matando el español!

mayo 20, 2010

no cualquiera que abriera la boca y ladrara rock o aullara eróticas baladas melodrámaticas de inigualables arreglos musicales que a veces esconden voces mediocres de dudosa calidad; igual, los “conciertos” los ofrecía la sinfónica y por lo general eran de música con características clásicas. La cuestión se agrava en mi opinión, cuando en vez de utilizar un español internacional neutro, se insiste en un español vago de tonos indefinidos e imprecisos con giros gramaticales y significados cuestionables que a lo mejor complace, por ejemplo, a la población mexicana de Estados Unidos, o ¿será que a los mexicanos les resulta artificial y fingido como a mí? Si es así, entonces, o los locutores adolecen o, ¿podríamos estar ante la creación del acento hispano de Estados Unidos? Siento que perdemos la posibilidad de estar expuestos a las maravillosas formas de decir y los espléndidos acentos hispanos que llenan de ritmo y melodías nuestro idioma. Rechazo el concepto de la existencia de tantos idiomas españoles como países de habla hispana hay. Mientras más lo estudio, llego a la conclusión que el español correcto es sólo uno. Ese español es el que le da espacio al español regionalista, lleno de coloquialismos, que integra palabras locales y que conocerlas enriquece a cualquier hispanohablante no importa su procedencia. Es el español infinitamente fértil que reúne en su caudal multicultural la gran posibilidad de las incontables voces que lo conforman, capaz de nombrar a los niños, “cipotes”, “izcuintles”, “cabros”, “chamos”, “fiñes” y “chigüines”. Es el español que viaja en “ómnibus”, en “autobús”, en “guagua”, en “camión”, en “botero”, en “por puestos”, en “chivas”, en “peseros”, o en “colectivos”. Es el español que come tortilla española, tortillas y gorditas mexicanas, arepas de choclo colombianas, arepas rellenas y hallacas venezolanas, nacatamales nicaragüenses, pupusas hondureñas, y los sencillos y humildes, pero deliciosos tamalitos cubanos. Cualquier otro español es el incorrecto. A ese español se le debe declarar la guerra proveyendo al ser humano con educación.

Por ahí he escuchado que hay quien aboga por erradicar la “h”, los acentos, los signos de puntuación dobles como “¡ y ǃ” o “¿ y ?”, varias reglas gramaticales y la confusión ortográfica que produce en el latinoamericano el uso de la “c”, la “s’’ y la “z”, o la “b” y la “v”, o la “y” y la “ll”. ¡No me toquen mi español! La palabra hermoso perdería su belleza si le arrebatáramos la “h”: ermoso. Si conviniéramos que la “z” se utilizara para sustituir la “s”, ermoso sería entonces ermozo ¿Se imaginan la palabra “prohibido” sin la “h”? La mayoría de los avisos que vemos en la calle que leen “Proivido votar vasura”, inmediatamente resultarían mejor escritos, pero “haya” de haber sin “h” se confundiría con aya de institutriz y “halla” de encontrar no se podría distinguir de “allá”, porque esta última no tendría su acento como le corresponde por ser palabra aguda. ¿Y la palabra “bobo” podría llegar a convertirse en vovo para decir: “¡Qué vovo!” ¡Qué va! Me gusta mi español terco y tenaz que me hace pensar y me pone trampas. ¿Quién no ha estado escribiendo alegremente y al llegar a cone?ión de pronto se detine y se cuestiona consternado: ¿era con doble “cc” o con “x”? No. Es con “x” y de pronto la palabra adquiere la suavidad que le niega la doble “cc”. ¡Ah, pero si estuviéramos hablando en español arcaico como insisten “los haigas”, “los estábanos” y los “la calor”, entonces no sería conexión, sino conechón, y Quijote sería Quichote, pero chocolate sería xocolatl. ¿Y qué me dicen de llendo o yendo? ¡Ay, mamá! ¿Y qué pasaría si no hubiera “ñ”? ¡Anjá! ¡Ahora sí! ¡Cono!

(1) Otros sitios en el internet para consultar dudas del español:

http://www.rae.es (Real Academia Española)
http://www.anle.us/ (Asociación Norteamericana de la Lengua Española)
http://www.elcastellano.org/
http://www.wordreference.com/es/ 
http://www.asale.org/ASALE/pdf/folletonvagramatica.pdf

(2) Una vez visité el estado de Washington en Estados Unidos para dictar una conferencia sobre el uso de la música infantil en el salón de clase. La directora del departamento de español de Spokane en aquel momento, que ostentaba un Ph.D en ese idioma, quiso que una maestra del sistema educativo de su condado grabara una entrevista conmigo para uso interno del departamento. La maestra estuvo utilizando la forma fuistes, comistes, cantantes, durante toda la entrevista y yo, por tratar de solventar el grave error que en definitiva se iba a enfatizar ante otras maestras y luego extenderse a sus pequeños alumnos, hice el esfuerzo por contestar sus preguntas usando la forma correcta. Después le comenté a la directora que yo pensaba que era importante que esto no ocurriera y que el departamento podría organizar para las maestras un taller de errores comunes en el uso del español. Su respuesta, que nunca pude haber anticipado y me dejó anonadada, fue que había que protegerle las tradiciones y costumbres idiomáticas a las distintas etnias y que por esta razón ella no se metía en la forma como sus maestras transmitían el español. En otra ocasión, una vecina tejano-americana, de tercera generación, que decía hablar español, me pidió que le corrigiera los errores que cometía para así pulir y mejorar el idioma. Aunque no nos veíamos muy a menudo, cuando nos reuníamos, yo trataba de ayudarla porque me parecía maravilloso que tuviera ese interés y que su familia, de extracción muy humilde, aún después de cuatro generaciones se considerara mexicana, hispana y conservara el idioma. Un buen día, después que le corregí un pequeño error, me dijo: “Agradezco tu ayuda, pero mi madre murío hace unos días y ya no quiero cambiar mi español porque el español que yo hablo me lo enseñó ella, así es que si está mal, está mal.” Esta anécdota ilustra el componente emocional que sin duda acompaña el aprendizaje de cualquier idioma y que se mantiene latente en el subconciente del ser humano. Esto es también lo que influye en el hecho que muchas personas rehusan corregir los errores de su español hablado.

(3) Para estudiar un ejemplo de la precisión que manejaba José Martí en sus traducciones, ver: http://laedaddeoro.webs.com/cuaso.pdf

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