¡Auxilio! ¡Están matando el español!

mayo 20, 2010

conjugación no existe y es un error gramatical muy doloroso de oír. Lo mismo sucede con “estábanos”, “comíanos”, “dormíanos”, una malformación muy común que surge al conjugarse la primera persona del plural del imperfecto del indicativo, nosotros, nosotras. La forma correcta, si no lógica, ya que no decimos “mosotros” o “mosotras”, es, desde luego: estábamos, comíamos, dormíamos. “Calor” es voz masculina: el calor, en la lengua general culta. Su uso en femenino, la calor, fue normal en el español medieval y clásico, pero hoy se considera vulgar y como en el caso de “haiga”, también debe evitarse. El femenino, la calor aparece extensivamente en la literatura con un objetivo claramente arcaizante. Después de considerar “haiga”, “estábanos” y “la calor”, y dejar sentado que son formas incorrectas en el español moderno, me gustaría, a modo de reconocimiento, dejar sentado que estas formas antiguas, como otras que ya cayeron en total desuso, fueron las bases del español culto que debemos intentar hablar hoy. ¿Y cómo se dice: “¿Qué tan caro es? (por la traducción al español de la frase en inglés How expensive is it?). En español tenemos las formas correctas: ¿Cuán caro es? o ¿Cuánto cuesta? Creo que depende de con quien hablemos: el lingüista posiblemente aceptaría casi todas las formas arriba mencionadas porque ejemplifican situaciones reales del uso cotidiano y social del español, que es algo viviente y por ende transformable por aquéllos que lo hablan.  El académico posiblemente las rechazaría por considerarlas aberraciones del idioma. Lo cierto es que se hará más común el uso de un español deformado mientras no se realice un esfuerzo general por leerlo, por hablarlo y escribirlo correctamente, quizás por amarlo y protegerlo más. Si consideramos el deterioro universal de la educación básica, es posible que sean los lingüistas los que tengan la última palabra en esta controversia. Leer no cuesta nada y sin embargo el facilismo y la tecnología van convirtiendo a esta actividad en algo casi de extraterrestres. Además, hoy en día se le rinde adoración a la ignorancia, y se tiende a rechazar lo que pudiera tener tintes académicos. Se acepta lo incorrecto o lo que no está bien para evitar “caer mal”, para no crear conflicto, o para no ser tildado de “culto”, porque eso de ser culto no es cool, ¿o será “fresco”? Sin embargo, un desliz gramatical, una pronunciación incorrecta, una palabra usada con el significado equivocado, podrán pasar inadvertidos para el ignorante, pero ese mismo ignorante  se coloca inmediatamente en su propia clase social, sólo con abrir la boca y hablar.

So pena que me consideren gran pedante, (aunque ya a estas alturas no me hace perder el sueño), me gustaría adentrarme en el territorio de las palabras adoptadas de otros idiomas, particularmente las palabras que provienen del inglés: ¡por favor!, los cubitos de caldo marca “Maggie” son cubitos Magui y no Mayi. La tienda norteamericana “Target” es Targuet y no Taryet. La memoria de la computadora se mide en guigabaits no en yigabaits. El carro es Chérokee (el acento es mío para indicar dónde cae la fuerza de la pronunciación), no Cherókee. La ciudad es Dorál (el acento es mío) y no Dóral.

Esto me lleva a las traducciones. José Martí le decía en su Carta #8 a María Mantilla (Obras Completas, Vol. 20, p. 212-213.):

La traducción ha de ser natural, para que parezca como si el libro hubiese sido escrito en la lengua a que lo traduces,-que en eso se conocen las buenas traducciones. (2)

Aunque en esta carta Martí se refiere al francés y no al inglés el concepto puede aplicarse a las traducciones de cualquier idioma:

El francés de L’Historie Générale es conciso y directo, como yo quiero que sea el castellano de tu traducción; de modo que debes imitarlo al traducir, y procurar usar sus mismas palabras, excepto cuando el modo de decir francés, cuando la frase francesa, sea diferente en castellano. (2) (cursiva mía)

Es preocupante que, de tanto oír los errores de las traducciones en los programas televisivos procedentes de Estados Unidos, los hispanohablantes, poco a poco y sin darse cuenta, vayan aceptando giros incorrectos, o anglicismos, que son foráneos al español. Como aconseja Martí, el traductor debe esforzarse por utilizar palabras que se acerquen lo más posible a aquellas del idioma original del texto que se

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