Mis madrugadas

abril 14, 2010

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2010, Derechos Reservados.
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 25 de enero del 2004.

Yo casi no duermo. Y es porque desde que tuve a mis hijos dejé de dormir aquel sueño profundo, despreocupado, del cual nadie lograba sacarme. Cualquier ruido me despierta lista para la pelea. En verdad no sé lo que es dormir una mañana y tampoco entiendo que alguien se moleste porque no la puede dormir. Yo no sirvo el resto del día si duermo hasta las 7:00. Me levanto como si un duende travieso me hubiera llenado el cerebro de algodón. No entiendo ni atino a hacer las cosas con claridad. Además me parece que todo se esconde detrás de un velo. Tampoco, después que conocí un amanecer, me gusta perderme uno.

Normalmente mi día comienza a las 3:30. Este patrón lo establecí, ahora me doy cuenta, cuando era muy joven y me resigné a que era muy poco probable que me volviera a dormir después que uno de mis hijos me llamara durante la noche. En aquel entonces peleaba con el insomnio. Me batía con él en la medianoche, a las 2 de la mañana, a las tres, a las cuatro. Recuerdo que teníamos un reloj-despertador de cuerda, grandísimo y escandaloso, y en la noche silenciosa, su tic-tac resonaba en toda la casa. Mientras más tiempo pasaba despierta, mayor era la frustración porque, me parecía, era tiempo malgastado que nunca recuperaría. No importaba a la hora que me acostara, siempre dormía lo mismo: 4 ó 5 horas. Entonces un día probé a levantarme y dedicarme a alguna faena provechosa en silencio, que me entretuviese hasta que el resto de la familia despertase. Tejía, leía, veía la televisión, arropaba a los niños y deambulaba la casa como un fantasma.

Una madrugada abrí la puerta de atrás que daba al jardín de mi casa. En aquel entonces vivíamos en un Kendall todavía bucólico y menos desarrollado, de un Miami que ha dejado de ser y que sólo existe hoy en el recuerdo de los que lo conocimos antes del huracán Andrew. El jardín era una especie de bosque de pinos altísimos y muy viejos. Mis hijos pequeños solían llenar de risas los espacios entre los árboles cuando salían a jugar. Parecían ardillas azoradas corriendo de aquí para allá. Pero ahora era madrugada plena y desde el umbral de la puerta, el exterior oscuro me brindaba una invitación para que saliera a acompañarlo. Nunca antes, desde luego, se me había ocurrido hacer eso, por aquello de la oscuridad y la soledad de las 3 de la mañana, por los cuentos de fantasmas y aparecidos. Sin embargo, sentí que algo me empujaba a salir.

Puse un pie en la hierba y después puse el otro y me quedé allí parada mirando la intensa negrura misteriosa. Me atreví a seguir caminando y a medida que me iba adentrando en la oscuridad, me di cuenta, para mi sorpresa, que la noche estaba completamente despierta, igual que yo. Se oía el llamar de las lechuzas, las ranas croando, los chillidos de los grillos, frotando como con delicia, sus patas delanteras, un pajarito insomne, trasnochado como yo, la hilera de hormigas disciplinadas, en fila india con su tesoro robado francamente anunciado, viajando sobre sus cabezas, el viento batiendo entre las hojas de los árboles. La humedad ya había hecho su labor de regar el rocío diminuto entre la hierba, sobre las malangas, los helechos, las cayenas.

Fui cogiendo confianza y de pronto me vi parada en el centro del jardín tomando sorbo a sorbo toda aquella maravilla que sucedía mientras los demás dormían. Miré hacia arriba y allí me esperaba el espectáculo de un cielo maravilloso cuajado de luceros parpadeantes. Estaban tan cerquita de mí que quizás si hubiera extendido la mano los hubiera podido alcanzar. Poco a poco, se fue tornando la noche oscura en noche plateada. Por detrás de la línea de los pinos fue surgiendo una luz etérea que iluminó el pinar callado. Yo fui buscando de dónde venía la luz extraña y a los pocos minutos vi escaparse, por detrás de una nube ladrona, el filo superior de un disco blanquísimo que fue segundo a segundo alcanzando altura en el cielo, faro de luna. La noche ya no era oscura, ya no era negra, ya no era misteriosa. Todo brillaba como si fuera mañana tempranera bajo la luz de aquella luna.

No sé cuanto tiempo contemplé el momento. No sé cuánto agradecí aquella soledad, aquella luz, aquella comunión con la naturaleza que me estaba dando la oportunidad de admirarla y hacerla parte de mi vivencia. Debe haber pasado un largo rato porque contemplé a la luna navegar un tramo de su viaje sideral, hasta encontrarse con el aclarar del día y por falta de contraste, desaparecer de mi vista. Sentí unas pisadas ligeras detrás de mí, y al volverme, vi a mis cuatro hijos con el sueño aún entre las pestañas, mirándome desde la puerta abierta del jardín. El día ya comenzaba para ellos…

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