Naples de mi recuerdo

mayo 29, 2009

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos Reservados.
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 27 de octubre del 2002.

Hace un año me mudé para la ciudad de Naples. Aunque no vivía aquí, sino en Miami, es posible que haya venido a esta costa del oeste de la Florida mucho tiempo antes que los que hoy en día dicen llevar “años”. Yo venía con mis padres, que enseguida se enamoraron del pueblito somnoliento de Naples, cuando la 41 era sólo de dos vías, cuando no existía el Coastland Mall, ni Immokalee Road, cuando entre Naples y Vanderbilt Beach sólo había millas de terrenos yermos; cuando no se conseguía gasolina después de las cinco de la tarde de un día viernes; cuando los domingos por la mañana los residentes del pueblo se ponían sus trajes y vestidos domingueros, sombreros de paja adornados con margaritas, guantes calados y zapatos de charol blanco para ir a misa; cuando hablar en español allí era hasta cierto punto “exótico”, porque Miami, a apenas dos horas en auto, entonces era también otro pueblo con luz eléctrica, pero para los provincianos napolitanos era además misterioso por estar invadido de extraños hispanos.

Andando el tiempo, cuando mi padre se “levantó”, compró una casita en uno de los canales de Vanderbilt Beach, y allí junto al mar, bajo el sol de la playa, la brisa cálida del mar del Golfo, los pelícanos que volaban en formación cerca de la superficie del mar pescando pececitos incautos y unos traguitos de daiquirí que pasaban por limonada ante los intransigentes guardias playeros gringos, nos reuníamos los primeros cubanos que veníamos huyéndole ya a la creciente congestión de las playas miamenses. En ese entonces la mayoría de los cubanos en Miami vivíamos en Westchester y sus alrededores, y por consiguiente, las playas de Miami Beach y “El Cayo” eran conocidas por los criollos burlones e irreverentes con el sobrenombre de “Westchester-By-The-Sea”. Pero no nos codeábamos precisamente con la alta sociedad en aquellos nuestros difíciles primeros años de exilio. Yo me refugiaba en la tranquilidad, la paz y el orden de Naples con mis hijos y otros matrimonios amigos que veníamos a pasar los fines de semanas largos y temporadas de verano lejos de la bullanguería de las playas de Miami. Tengo por ahí guardadas cientos de fotografías de mis hijos en trusa (traje de baño para los no cubanos), correteando en la playa, haciendo túneles y castillos en la arena; mi mejor amiga rodeando con su brazo protector los hombros endebles de mi hija más pequeña, hablándole al oído, quizás consolándola, ella con cara de puchero y las mejillas coloradas, quemadas por el sol; mi hijo y su amigo, “los dos Frankies”, como les decíamos, porque eran inseparables, en un momento de “encompinchamiento”, de sabe Dios qué acuerdo; la foto que quedó plasmada una tarde en que todos los niños se sentaron por orden de tamaño en el borde de la piscina y el ojo de la cámara preservó, gracias a Dios, el momento para todos nosotros los padres. También quedaron mis papás, de espaldas a un mar limpio y manso, mirando sonrientes a la cámara, en un medio abrazo. Por las noches yo solía sacar mi guitarra y cantábamos canciones viejas cubanas de principios de siglo, música de la vieja trova que todos nos sabíamos. Los balcones de los cuartos de los turistas se iluminaban con los cabos de cigarros ardientes que brillaban en la noche como cocuyos. Ellos fumaban mientras escuchaban respetuosos toda mi música en español que no entendían, envuelta en el murmullo de cocoteros y el susurro de suaves olas derramándose en la orilla.

Han pasado muchos años y no dejo de acordarme de la canción de Pablo que dice: “…el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos….”. A veces me parece que si estiro el brazo, de detrás de alguna palmera va a venir, travieso, alguno de mis hijos a buscar cariño. Prefiero no estirar el brazo, pues se puede quebrar el ensueño… Pienso en tantos de mis seres queridos que ya no están conmigo para disfrutar, como antes lo hacíamos, de esta hermosa ciudad que sigue siendo hoy Naples.

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