Mis abuelas

marzo 29, 2009

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos Reservados.
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 10 de marzo del 2004.

Las abuelas son ternura inagotable. A veces pienso si no debían ellas ser las madres de sus nietos, por designio o por decreto de la sociedad. Todas las mujeres que hemos sido madres muy jóvenes, hemos sentido frustración e impaciencia con nuestros hijos. ¿Dónde encuentran las abuelas el tiempo y la disposición para convertirse en bálsamo de sus nietos? No recuerdo nunca un “no” de mis abuelas, aunque nunca me malcriaron ni consintieron más allá de lo que yo considero “normal” en una relación como ésta. En mi recuerdo, mis abuelas se levantan como farallones protectores, como ejemplos de valor, determinación y fe, como fuentes de sabiduría y conocimiento. Eran muy distintas mis dos abuelas, y sin embargo las bases que me legaron comprenden valores que considero casi idénticos: el amor a cultivarse como seres humanos y la virtud de no desistir ante la adversidad.

Mi abuela materna, que nació a principios de los 1900, comenzó sus clases de francés en la Alianza Francesa y aprendió a conducir un auto al quedarse viuda a los 47 años. Iba de aquí para allá, toda señorona, por las calles de La Habana, en su Plymouth “cola ‘e pato” rosado y blanco del ’58. Mis hijos hoy dirían que “She was cool!” Recuerdo entrar a sus apartamentos y ver la mesita cuadrada donde estudiaba. Allí siempre estaban su diccionario Larousse abierto, sus lápices de puntas perfectamente afiladas, sus libros de gramática francesa y sus libretas llenas de notas escritas en su letra clara, pequeña y muy femenina, pero de mayúsculas originales y dominantes que delataban su carácter indudable. Yo caminaba de puntillas y me sentaba en su sofá a escucharla, desde la sala, conjugar aquella letanía de verbos interminables. Empezó a estudiar francés como una especie de terapia para su luto, y se convirtió luego en fuente de ingreso para ella cuando llegamos como exilados políticos a EE.UU., ya que en muchas ocasiones tradujo artículos para revistas y periódicos.

Esta abuela mía tocaba la mandolina y al darse cuenta que yo estaba a punto de perder mi curso de solfeo, ofreció ayudarme. Se sentaba en el patio de atrás de la casa, bajo los frondosos framboyanes amarillos, su pequeña mandolina apretada contra el pecho, la púa entre el índice y el pulgar, escogiendo una a una las notas de la melodía que yo debía aprenderme. Gracias a ella, saqué un sobresaliente en teoría y solfeo en ese mi segundo año de piano. Con ella practiqué y aprendí todas las conjugaciones de los verbos y las tablas de multiplicar.

Esta abuela mía me regaló, en mi quinta navidad, un par de agujas de tejer y una bola de estambre grueso. Me montó algunos puntos y me dio la primera clase de tejido, poniendo entre mis manos pequeñas y torpes lo que se convertiría, poco a poco, a través de mi vida, en fuente de entretenimiento y cavilación. Se teje y se piensa y tus pensamientos quedan para siempre envueltos en el estambre de la vida. A medida que me fui haciendo mujer y adulto, refiné con su ayuda mis destrezas como tejedora. Me enseñó, por ejemplo, que la velocidad para tejer depende del uso del índice como polea para alimentar la agua con el hilo, que al tejerse, se convertirá en punto. Con el pasar de los años, tejí para mis padres, para mis hijos, para mis amigos y para mí. De las puntas de mis agujas surgían suéteres, faldas, vestidos y cobijas y mi abuela se deleitaba viendo mis creaciones y las dificultades de este o aquel punto que había escogido. El tejer me enseñó paciencia y acuciosidad, y en momentos en que no llevaba bien la cuenta de los puntos, el tejido me enseño a aceptar que me había equivocado, a buscar el error, a enmendarlo deshaciendo el trabajo que ya había terminado y a volver a empezar desde el principio. Cada punto de cada pieza era prueba de un segundo de mi vida. Mi abuela materna comenzó a sufrir del mal de Parkinson cuando yo era aun adolescente. Cuando mis hijos nacieron ya su enfermedad estaba avanzada y no podía sumarse al jolgorio de mi hogar. Aún así, por mucho tiempo, en el rincón callado de la casa que era su cuarto y desde su reclinable, enseñó a mi hija pequeña a leer en español.

Mi abuela paterna olía a talco. Mi abuela paterna prefería la ciencia y las matemáticas. Yo pasaba todos los fines de semana en su casa, las mañanas usualmente dedicadas a aprender el reloj, (que me dio mucho quehacer, porque no me interesaba), los quebrados, y el sistema métrico. Debe de ser de cuando era muy pequeña el recuerdo que guardo de su frustración y la mía por no entender yo lo que era una decena y que diez de ellas hacían una centena. Pero mi abuela tenía una piscina en su casa de Mulgoba, y yo me plegaba a sus planes de estudio con tal de poder sumergirme en aquella agua límpida y fresca en las tardes veraniegas de fuerte sol cubano. A medida que yo fui creciendo, su casa se fue llenando de la muchachería adolescente del barrio, que como yo, gozaba del abandono propio de la edad. Mi abuela nos dejaba poner el tocadiscos a todo volumen y siempre agasajaba a mis amigos con meriendas y refrescos. Nunca me dijo que no, nunca le oí decir que estaba cansada, nunca dudé que ella se divertía con nosotros.

Mi abuela paterna era hija de sastres y con ella aprendí a coser. Fue maestra exigente, como lo había sido su padre con ella al confiarle los ojales, hechos de tela, de todos los trajes de sus clientes. Las costuras de los vestidos de mi abuela eran derechas y limpias. Las puntadas que daba eran parejas y casi invisibles, hechas por su aguja, que sostenía delicadamente entre el pulgar y el índice, mientras que el dedo del medio, el anular y el meñique quedaban ligeramente arqueados cada uno más arriba del otro y los tres por arriba del índice. El movimiento de sus manos sobre la pieza que cosía era como si la acariciara con el ritmo del entra y sale de la aguja en la tela. Solía decir que la ropa debía ser perfecta por fuera y por dentro; que la terminación de una pieza por dentro señalaba el calibre de la costurera; que si se iba a coser era mejor hacerlo con cuidado y bien.

Mi abuela paterna era la repostera de la familia. Hacía sus tortas como hacía los ojales y cosía mis vestidos: pacientemente, midiendo los ingredientes con exactitud y cuidado, cerciorándose que la temperatura ambiental y la del horno estuvieran precisas. Con sus tortas, mi padre y mi tío celebraron todos sus cumpleaños, mi hermano y yo los nuestros, mis cuatro hijos los suyos. Después de su muerte, las celebraciones perdieron un poco su brillo, ya que ninguna de nosotras las mujeres de la familia pudimos reproducir el sabor y la textura de aquellas tortas legendarias de mi abuela paterna. Mi abuela paterna fue mi otra madre y también la madre de mis hijos.

Mis abuelas ya no están conmigo, pero me acompañan todo el día. A ellas pido consejos cuando no sé qué hacer; a ellas acudo cuando necesito sosiego; con ellas hablo cuando estoy sola, porque nunca están lejos de mí. Las llamo y las siento acercarse en silencio, siempre con una sonrisa para mí, una mano extendida para darme equilibrio. ¡Mis dos queridas e insustituibles madres! ¡Mis dos abuelas: Abuela Hilda, Abuela Rosario!

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