Resolución sin destino: la dieta de principio de año

enero 12, 2009

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2008, Derechos Reservados.
Publicado por primera vez en Nuevos ecos
Naples, Florida, 10 de diciembre del 2005.

Cuando comienza un nuevo año, nosotras las mujeres hacemos mil promesas de ponernos a dieta, pues la carga de culpabilidad de las “comelatas” de navidad no nos permite disfrutar plenamente de los festejos de la estación y quizás para defendernos del complejo de culpa, pretendemos suavizarlo a base de promesas míticas de menos calorías en los siguientes 365 días. No me da pena decirlo: yo disfruto el comer. Empiezo muy seriamente en Thanksgiving y termino con tristeza alrededor del 6 de enero, pero a cada bocado tengo el insaciable diablito del apetito pidiendo más y el angelito del buen comportamiento haciéndome conciencia, recordándome que no necesito una llantita más, que no me cierra el jean, que se me ve la cara regordeta en el espejo, amén del colesterol. Yo lo empujo a un lado para que no me eche a perder ese maravilloso momento en que acabo de hornear unos brownies y tengo un gran cerro de ellos haciéndome caer en la tentación, más líbranos de lo sabroso. Incluso le brindo un poco de lo que pienso ingerir para hacerlo mi cómplice. Si el angelito amanece alborotado e insiste con su perseverancia, no le brindo nada, como el doble y le recuerdo: “¡Tonto, mira lo que te estás perdiendo por ser tan bueno!”. Porque, ¿quién le dice que no a los cookies de navidad, al vinillo acompañante que entona las vías digestivas, a la yuca con su mojo hecho con bastante aceite de oliva, al lechoncito asado con su salsita, a una rechoncha hallaca, al congrí de mi tierra, al pavo relleno, a los turrones, a una ensalada de gallina, a los platanitos maduros fritos, a un buen chocolate espeso, a las nueces, a los churros…? ¿Sigo? ¡Mejor no, porque ya raya en gula! Entonces para pedir ese perdón que en realidad no busco con tanto ahínco, para empezar mi penitencia sin convicción, me peso para que se haga patente ante mis ojos, el pecado comelón: ahí están los números que no mienten, ahí van ascendiendo lentamente en mi báscula digital y se detienen mucho…, mucho…, mucho…, más allá de lo que anticipaba, y me quedo sin habla, se me va la respiración, se me pone la cara caliente y miro a mi alrededor no vaya a ser que mi marido ande por ahí, mirando sobre mi hombro, y se entere de cuánto en realidad he aprovechado la comida. Quedo casi…, casi…, hondamente abochornada. Me bajo de la pesa muy despacito, no sé por qué. A lo mejor la pesa se va a dar cuenta de mi trasgresión y va a empezar a darme gritos por abusar de ella y para desquitarse le va a decir al mundo mi peso. A lo mejor, pienso, si no la meneo mucho quizás se quede dormida y no me delata. Veo entre los párpados semi-cerrados que los números rojos descienden rápidamente a cero y suspiro con tranquilidad: “¡No se enteró. Menos mal!” Huyo del baño en puntillas no vaya a ser que el angelito del buen comportamiento ande escondido en algún rincón y me vea la cara de culpable que seguro tengo. Definitivamente, debo hacer un esfuerzo. Desde hoy dejo de comer carbohidratos. No más pastelitos de guayaba, no más pan, no más arroz con boberías, no más café cubano batidito con azuquita’; desde hoy: carnes magras y lechuga y doble dosis del treadmill y en un mes estoy lista. ¡Parece mentira que yo sea capaz de descuidarme de esa manera! ¡Debería adquirir más responsabilidad con mi salud!, le protesto al aire. Ya conozco bien cuáles son los resultados de no alimentarme adecuadamente. Con razón mi pobre marido me mira así y me regaña desde lejos, con la mirada, cuando me levanto para servirme más. Voy a bajar todas estas libras de más que aumenté, resuelvo contrita…. Pero, ¿quién es ése que veo ahí? Hola, amiguito, insaciable diablito del apetito, fíjate que te echaba de menos… ¡rápido, saca el tridente, que tengo en el refrigerador una torta de chocolate para los dos que nos vamos a chupar los dedos!

¡Buena suerte con esa dieta!

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