Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos reservados.

Hace unos días, asistí a una reunión de periodistas hispanos durante la cual surgió un animado debate sobre el uso de las palabras “hispano” o “latino”. Después de escuchar los puntos de vista expuestos informalmente durante la velada, algunos sorprendentes y casi todos llenos de una indiscutible carga emocional, me retiré ya entrada la noche a rumiar las muchas definiciones que había oído con respecto a quiénes somos. Me di cuenta que tenía entre mis manos casi tantas definiciones de ambas palabras como el número de invitados en aquella tertulia. También era innegable que “hispano” y “latino” en su uso o mal uso, habían adquirido en los EE.UU. con el transcurrir del tiempo, nuevos niveles o “tonalidades” de significados que se habían ido filtrado y albergado en estas palabras, que ambas, cada día con más frecuencia, imponen los límites de lo definido a nuestra identidad y nos “adjetivizan” equivocadamente. Me pregunté si mis amigos periodistas habrían coincidido conmigo, si habrían entendido la enorme tarea que con respecto a la comunidad hispana se despliega ante todos nosotros los que usamos los medios para comunicarnos, especialmente cuando se trata de personas que trabajan escribiendo en inglés y español, y cuya pluma podría influir el pensamiento de tantos lectores.

¿Cómo definir qué es un hispano?, o lo que es un tanto más difícil, ¿qué es un hispano en EE.UU.?, y más complejo aún, ¿qué es un hispano-estadounidense? La diferencia entre estos tres grupos de hispanos puede ser invisible para el que observa superficialmente. Y desde luego, el tema es tan extenso que no podría pensar cubrirlo a fondo en un artículo. Es sustancia para un muy extenso estudio sociológico. Por eso sean estas observaciones apuntes “a grandes brochazos” que quizás sirvan para avivar el interés de algún investigador.

Los llamados “hispanos de Estados Unidos”, comprenden las tres categorías arriba mencionadas. Muchos han crecido y se han formado dentro de este país. Por ende, no necesariamente estudiaron formalmente el español, y además, la cultura hispana que heredaron les llega de segunda mano. Lo que saben del idioma y de la cultura se limita inicialmente a aquello que recogieron en el seno de sus hogares y, la mayoría de las veces, aprendieron sobre algún país hispano lo que sus respectivas familias pudieron contarles. O sea, que la profundidad de sus conocimientos hispanoamericanos, si no se han hecho estudios formales del idioma y la cultura hispana, equivale al grado de educación e interés que les trasmitió el entorno familiar y lo que cada quien, en su caso particular quiso absorber, aceptar y hacer suyos. Por esta razón es un desafío poder hablar con propiedad de sí mismos y de cómo definir, a todos los hispanos, ante las demás culturas con las que se comparte a los EE.UU.

El concepto de ser hispano se hace más difícil cuando la referencia vivencial que domina nuestras vidas no es la de un país hispano; cuando el idioma que se habla en la casa pugna con el acento de otros hispanos y con el idioma que se habla en la calle; cuando las costumbres que nos enseñan nuestros padres hispanos no se avienen con las de otros hispanos; y sin embargo, los que no hemos nacido en EE.UU., aunque mucho nos pese, nos vamos dando cuenta que al pisar tierra estadounidense se ejerce sobre nosotros una delicada y casi imperceptible presión cuyo objetivo es hacer desvanecer en nuestras mentes las fronteras geográficas que alguna vez nos identificaron como cubano, venezolano, puertorriqueño, etc., para poco a poco fundirnos en esa conveniente pared o en ese bloque que los medios y entes gubernamentales en EE.UU. han querido construir para aglomerarnos a todos en un mismo saco y paradójicamente “simplificar” el estudio del fenómeno social en que nos hemos convertido: los Hispanics. Recuerdo hace muchos años, en el Miami de los ’70, cuya población hispana entonces era mayormente cubana, unas calcomanías que empezaron a verse pegadas a los guardafangos de los carros, cuando por primera vez oímos la palabra “hispano” usada para agruparnos a todos con un sesgo que no acababa de convencernos. La calcomanía advertía y reclamaba: “¡Yo no soy hispano. Yo soy cubano!” Treinta años después pienso que al que se le ocurrió la idea de crear este slogan de alguna manera había captado al vuelo lo que apenas comenzaba a sucedernos.

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Moral y Cívica

Septiembre 29, 2009

Por Hilda Luisa Díaz-Perera. 2009, Derechos Reservados.
Publicado por primera vez en A toda marcha
Naples, Florida, 10 de febrero del 2004.

Cuando era pequeña recuerdo que una de las asignaturas obligatorias que debíamos estudiar en la escuela era algo que nos llegaba en el contenido de un libro que tenía por título “Moral y Cívica”. Todavía me parece estar viendo las letras que formaban dos palabras que yo no comprendía. A esa edad no tenía la menor idea qué era “moral”, mucho menos “cívica”. Sólo sé que los libros de Moral y Cívica me persiguieron desde el primer al sexto grado y que cada año debíamos aprender sobre comportamiento, higiene y urbanidad. Claro, eso lo entiendo ahora, pero cuando era niña, me aburría que en el colegio existiera una clase donde me enseñaban a saludar correctamente a los demás, que a las personas mayores se les debía respeto, que tenía que lavarme los dientes todos los días y las manos siempre antes de comer, dormir ocho horas para estar descansada y alerta, cuidar y respetar la propiedad ajena o pública para estar orgullosos de lo que era patrimonio nacional. Digo que me aburría porque en mi casa, con mis padres, aquellos reglamentos eran el pan nuestro de cada día. Recuerdo que mi padre no nos dejaba mascar chicle, porque, decía: “¡Parecen chivos!”, y cuidadito que a mi hermano o a mí se nos ocurriera tirar algún envoltorio de caramelo o alguna servilleta usada en la acera: “¿Para qué están los basureros?”, repetía.

Traigo esto a relucir porque un amigo de hace muchos años me llamó consternado para contarme un incidente que presenció en un supermercado local. A su lado, en la sección de carnes, un muchacho joven hispano atravesó con su uña el celofán que cubría un paquete de solomo para asegurarse que estaba tierno. Luego, en vez de llevarse el paquete mutilado, escogió otro y dejó allí el paquete medio abierto para que otro comprador lo llevara o para que la tienda lo tuviera que re-envolver. Mi amigo sintió vergüenza por el comportamiento del joven y sobre todo, me dijo, porque era hispano. Lo siguió con el paquete abandonado y lo encaró increpándole: “Bueno, anjá y ¿ahora qué? ¿Vas a dejar esa paquete, ¿para quién? ¡Chamo, mira, tú lo rompiste, tú te lo llevas!” Mi amigo me contaba su enojo y yo le sentía la respiración aún entrecortada por la pena ajena que había sufrido: “¿Sabes lo que pasa? ¡Que por el comportamiento de unos cuantos nos juzgan a todos y no nos respetan! ¡Después nos acusan de ser hispanos y nos estereotipan! Venimos de nuestros países, que hemos echado a perder, y llegamos aquí creyendo que podemos llevar esa misma vida de falta de responsabilidad cívica. Si echamos a perder éste país, ¿a dónde nos metemos?” Coincidí: el gentilico hispano se había convertido en una acusación.

Esta anécdota me remontó a mis innumerables viajes por Estados Unidos donde existen importantes comunidades hispanas y, desdichadamente, el recuerdo de lo que he visto agudiza el dolor que le sentía en la voz a mi amigo. Me pregunto, ¿por qué sucede que dondequiera que hay una concentración de hispanos, las calles están más sucias y llenas de desperdicios, las bodegas se mantienen con ese olor rancio nauseabundo, y los avisos en español compiten amontonados en las vidrieras al punto que el cliente no tiene tiempo para leerlos? No me digan que es porque las comunidades hispanas son más pobres. La pobreza no está reñida con el buen comportamiento, con el respeto, con la limpieza, con el orgullo de mantener la propiedad pública, bonita y atractiva a los ojos de todos. No se debe pensar que porque los políticos en EE.UU. nos han descubiertos como votantes se afanan en su desespero por captar nuestros votos, a través de sus discursos demagógicos, ya tenemos vía libre para comportarnos como niños malcriados.

Es una verdad insoslayable que la comunidad hispana de Estados Unidos crece a un paso que nos convertirá en el grupo minoritario más importante. Debemos entender la enorme responsabilidad que esto implica: que como sub-grupo cultural conformamos una gran nación hispana dentro de este país, mayor aún, en muchos casos, que las poblaciones de varios países latinoamericanos; que la actitud negativa y el comportamiento delictivo de unos cuantos se refleja en todos; que del esfuerzo por avanzar cívicamente, a nivel social, se nutrirá la gran familia hispanoamericana de la cual somos miembros todos.

Hace un siglo José Martí escribió de nuestra América Latina: “Los talentos están hoy como esos granos de oro que llevan los ríos, los cuales necesitan sólo, para masa rica y de valor sorprendente, que se evaporen las aguas turbias que los arrastran.” Es una verdadera lástima que nuestros granos de oro se empañen por las aguas turbias que son producto de la ausencia de la “moral y cívica”.